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SAN LE√ďN MAGNO


(Pendiente de traducci√≥n) Queridos hermanos y hermanas: Continuando nuestro camino entre los Padres de la Iglesia, aut√©nticos astros que brillan desde lejos, en el encuentro de hoy vamos a considerar la figura de un Papa que en 1754 fue proclamado por Benedicto XIV doctor de la Iglesia: se trata de san Le√≥n Magno. Como indica el apelativo que pronto le atribuy√≥ la tradici√≥n, fue verdaderamente uno de los m√°s grandes Pont√≠fices que han honrado la Sede de Roma, contribuyendo en gran medida a reforzar su autoridad y prestigio. Primer Obispo de Roma que llev√≥ el nombre de Le√≥n, adoptado despu√©s por otros doce Sumos Pont√≠fices, es tambi√©n el primer Papa cuya predicaci√≥n, dirigida al pueblo que le rodeaba durante las celebraciones, ha llegado hasta nosotros. Viene espont√°neamente a la mente su recuerdo en el contexto de las actuales audiencias generales del mi√©rcoles, citas que en los √ļltimos decenios se han convertido para el Obispo de Roma en una forma habitual de encuentro con los fieles y con numerosos visitantes procedentes de todas las partes del mundo. San Le√≥n era originario de la Tuscia. Fue di√°cono de la Iglesia de Roma en torno al a√Īo 430, y con el tiempo alcanz√≥ en ella una posici√≥n de gran importancia. Este papel destacado impuls√≥ en el a√Īo 440 a Gala Placidia, que entonces gobernaba el Imperio de Occidente, a enviarlo a la Galia para resolver una situaci√≥n dif√≠cil. Pero en el verano de aquel a√Īo, el Papa Sixto III, cuyo nombre est√° ligado a los magn√≠ficos mosaicos de la bas√≠lica de Santa Mar√≠a la Mayor, falleci√≥; y como su sucesor fue elegido precisamente san Le√≥n, que recibi√≥ la noticia mientras desempe√Īaba su misi√≥n de paz en la Galia. Tras regresar a Roma, el nuevo Papa fue consagrado el 29 de septiembre del a√Īo 440. As√≠ inici√≥ su pontificado, que dur√≥ m√°s de 21 a√Īos y que ha sido sin duda uno de los m√°s importantes en la historia de la Iglesia. Al morir, el 10 de noviembre del a√Īo 461, el Papa fue sepultado junto a la tumba de san Pedro. Sus reliquias se conservan todav√≠a hoy en uno de los altares de la bas√≠lica vaticana. El Papa san Le√≥n vivi√≥ en tiempos sumamente dif√≠ciles: las repetidas invasiones b√°rbaras, el progresivo debilitamiento de la autoridad imperial en Occidente y una larga crisis social hab√≠an obligado al Obispo de Roma ¬ócomo suceder√≠a con mayor evidencia a√ļn un siglo y medio despu√©s, durante el pontificado de san Gregorio Magno¬ó a asumir un papel destacado incluso en las vicisitudes civiles y pol√≠ticas. Esto no impidi√≥ que aumentara la importancia y el prestigio de la Sede romana. Es famoso un episodio de la vida de san Le√≥n. Se remonta al a√Īo 452, cuando el Papa en Mantua, junto a una delegaci√≥n romana, sali√≥ al encuentro de Atila, el jefe de los hunos, y lo convenci√≥ de que no continuara la guerra de invasi√≥n con la que ya hab√≠a devastado las regiones del nordeste de Italia. De este modo salv√≥ al resto de la pen√≠nsula. Este importante acontecimiento pronto se hizo memorable y permanece como un signo emblem√°tico de la acci√≥n de paz llevada a cabo por el Pont√≠fice. No fue tan positivo, por desgracia, tres a√Īos despu√©s, el resultado de otra iniciativa del Papa, que de todos modos manifest√≥ una valent√≠a que todav√≠a hoy nos sorprende: en la primavera del a√Īo 455, san Le√≥n no logr√≥ impedir que los v√°ndalos de Genserico, tras llegar a las puertas de Roma, invadieran la ciudad indefensa, que fue saqueada durante dos semanas. Sin embargo, el gesto del Papa que, inerme y rodeado de su clero, sali√≥ al encuentro del invasor para pedirle que se detuviera, impidi√≥ al menos que Roma fuera incendiada y logr√≥ que no fueran saqueadas las bas√≠licas de San Pedro, San Pablo y San Juan, en las que se refugi√≥ parte de la poblaci√≥n aterrorizada. Conocemos bien la acci√≥n del Papa san Le√≥n gracias a sus hermos√≠simos sermones ¬óse han conservado casi cien en un lat√≠n espl√©ndido y claro¬ó y gracias a sus cartas, unas ciento cincuenta. En estos textos, el Pont√≠fice se muestra en toda su grandeza, dedicado al servicio de la verdad en la caridad, a trav√©s de un ejercicio asiduo de la palabra, que lo muestra a la vez como te√≥logo y pastor. San Le√≥n Magno, constantemente sol√≠cito por sus fieles y por el pueblo de Roma, as√≠ como por la comuni√≥n entre las diferentes Iglesias y por sus necesidades, apoy√≥ y promovi√≥ incansablemente el primado romano, present√°ndose como aut√©ntico heredero del ap√≥stol san Pedro: los numerosos obispos, en gran parte orientales, reunidos en el concilio de Calcedonia, fueron plenamente conscientes de esto. Este concilio, que tuvo lugar en el a√Īo 451, con 350 obispos participantes, fue la asamblea m√°s importante celebrada hasta entonces en la historia de la Iglesia. Calcedonia representa la meta segura de la cristolog√≠a de los tres concilios ecum√©nicos anteriores: el de Nicea, del a√Īo 325; el de Constantinopla, del a√Īo 381; y el de √Čfeso, del a√Īo 431. Ya en el siglo VI estos cuatro concilios, que resumen la fe de la Iglesia antigua, fueron comparados a los cuatro Evangelios: lo afirma san Gregorio Magno en una famosa carta (I, 24), en la que declara que ¬ęacoge y venera los cuatro concilios como los cuatro libros del santo Evangelio¬Ľ, porque sobre ellos ¬ósigue explicando san Gregorio¬ó ¬ęse eleva la estructura de la santa fe, como sobre una piedra cuadrada¬Ľ. El concilio de Calcedonia, al rechazar la herej√≠a de Eutiques, que negaba la verdadera naturaleza humana del Hijo de Dios, afirm√≥ la uni√≥n en su √ļnica Persona, sin confusi√≥n ni separaci√≥n, de las dos naturalezas humana y divina. Esta fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, fue afirmada por el Papa en un importante texto doctrinal dirigido al obispo de Constantinopla, el as√≠ llamado ¬ęTomo a Flaviano¬Ľ, que al ser le√≠do en Calcedonia, fue acogido por los obispos presentes con una aclamaci√≥n elocuente, registrada en las actas del Concilio: ¬ęPedro ha hablado por la boca de Le√≥n¬Ľ, exclamaron al un√≠sono los padres conciliares. Sobre todo a partir de esa intervenci√≥n, y de otras realizadas durante la controversia cristol√≥gica de aquellos a√Īos, resulta evidente que el Papa sent√≠a con particular urgencia la responsabilidad del Sucesor de Pedro, cuyo papel es √ļnico en la Iglesia, pues ¬ęa un solo ap√≥stol se le conf√≠a lo que a todos los ap√≥stoles se comunica¬Ľ, como afirma san Le√≥n en uno de sus sermones con motivo de la fiesta de San Pedro y San Pablo (83, 2). Y el Pont√≠fice supo ejercer esta responsabilidad tanto en Occidente como en Oriente, interviniendo en diferentes circunstancias con prudencia, firmeza y lucidez, a trav√©s de sus escritos y mediante sus legados. As√≠ mostraba c√≥mo el ejercicio del primado romano era necesario entonces, como lo es hoy, para servir eficazmente a la comuni√≥n, caracter√≠stica de la √ļnica Iglesia de Cristo. Consciente del momento hist√≥rico en el que viv√≠a y de la transici√≥n que estaba produci√©ndose de la Roma pagana a la cristiana ¬óen un per√≠odo de profunda crisis¬ó, san Le√≥n Magno supo estar cerca del pueblo y de los fieles con la acci√≥n pastoral y la predicaci√≥n. Impuls√≥ la caridad en una Roma afectada por las carest√≠as, por la llegada de refugiados, por las injusticias y por la pobreza. Se enfrent√≥ a las supersticiones paganas y a la acci√≥n de los grupos maniqueos. Vincul√≥ la liturgia a la vida diaria de los cristianos: por ejemplo, uniendo la pr√°ctica del ayuno con la caridad y la limosna, sobre todo con motivo de las Cuatro t√©mporas, que marcan en el transcurso del a√Īo el cambio de las estaciones. En particular, san Le√≥n Magno ense√Ī√≥ a sus fieles ¬óy sus palabras siguen siendo v√°lidas para nosotros¬ó que la liturgia cristiana no es el recuerdo de acontecimientos pasados, sino la actualizaci√≥n de realidades invisibles que act√ļan en la vida de cada uno. Lo subraya en un serm√≥n (64, 1-2) a prop√≥sito de la Pascua, que debe celebrarse en todo tiempo del a√Īo, ¬ęno como algo del pasado, sino m√°s bien como un acontecimiento del presente¬Ľ. Todo esto se enmarca en un proyecto preciso, insiste el santo Pont√≠fice: as√≠ como el Creador anim√≥ con el soplo de la vida racional al hombre modelado con el barro de la tierra, del mismo modo, tras el pecado original, envi√≥ a su Hijo al mundo para restituir al hombre la dignidad perdida y destruir el dominio del diablo mediante la nueva vida de la gracia. Este es el misterio cristol√≥gico al que san Le√≥n Magno, con su carta al concilio de √Čfeso, dio una contribuci√≥n eficaz y esencial, confirmando para todos los tiempos, a trav√©s de ese concilio, lo que dijo san Pedro en Cesarea de Filipo. Con Pedro y como Pedro confes√≥: ¬ęT√ļ eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo¬Ľ. Por este motivo, al ser a la vez Dios y hombre, ¬ęno es ajeno al g√©nero humano, pero es ajeno al pecado¬Ľ (cf. Serm. 64). Con la fuerza de esta fe cristol√≥gica, fue un gran mensajero de paz y de amor. As√≠ nos muestra el camino: en la fe aprendemos la caridad. Por tanto, con san Le√≥n Magno, aprendamos a creer en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y a vivir esta fe cada d√≠a en la acci√≥n por la paz y en el amor al pr√≥jimo.



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