Fecha: 4 de enero de 2026
Queridos diocesanos,
En pocas palabras: la misión implica estar abierto a lo que es nuevo. Las novedades deben ser objeto de discernimiento; por eso nos preguntamos: «¿Qué es lo nuevo?». La sabiduría popular reclama una atención especial para favorecer la novedad, aunque sea de vez en cuando. Algunas propuestas contemporáneas hablan con bastante frecuencia del cuidado de uno mismo, y tras esta propuesta se encadena una serie de caprichos bastante numerosos. No se trata de añadir más cosas a nuestra vida para ser más felices. El concepto de «cantidad» no es un gran criterio; más bien debemos descubrir la medida adecuada de aquello que se añade a nuestra vida. Es decir, en términos misioneros, deberíamos decir que conviene optar por planteamientos modestos y constantes y, evitando siempre las rutinas, tender con destreza hacia la novedad. Aquel leitmotiv que pastoralmente hemos utilizado tanto, el «siempre se ha hecho así», quedaría claramente cuestionado por el refrán que hoy proponemos entender desde nuestra perspectiva misionera: «Por Navidad, quien no estrena, no es nadie».
—¿Es posible hoy vivir constantemente en la novedad?— Ciertamente todos detectamos con facilidad un deseo incontrolado de vivir según la moda o la referencia más puntera del momento. El mercado económico vive de esto: de activar en los posibles compradores ese deseo irrefrenable de tenerlo todo y tener la última novedad. El agotamiento acaba haciéndose muy presente entre las personas. A menudo vivimos demasiado agobiados. Por eso es necesario adentrarnos sin miedo y sin prisa, con paso firme y decidido, por los caminos de la creatividad. Las oportunidades y las situaciones pastorales son tan variadas que siempre ofrecen posibilidades para generar espacios y discursos de novedad, sin agotar ni tergiversar la propia identidad.
—¿Cómo evitar el cansancio y la monotonía pastoral?— La Navidad nos ofrece elementos suficientemente interesantes. El misterio de la encarnación nos recuerda que Dios viene a romper nuestro aislamiento y nuestras soledades. La pequeñez de un Niño es reclamo de novedad para todo un Dios. La creatividad misionera nos invitaría a vivir los detalles cotidianos como elementos de una luz inagotable. Hacerse pequeño, he aquí la gran invitación de la Navidad; amar la pequeñez es la invitación más profética para comprender el valor de cada cosa, pero sobre todo de cada persona. Quien se hace pequeño no es aquel que adopta un pensamiento próximo a la falsa humildad, sino aquel que pone más amor en su día a día. Así superamos el cansancio: «Quien ama ni cansa ni se cansa», afirmaba san Juan de la Cruz.
Concluyo. El año que iniciamos es una puerta bien abierta a la novedad. Los cristianos vivimos la misión día a día. No jugamos a adivinar el futuro. En todo caso, siempre hemos sabido y sabemos que en él encontraremos al Niño Jesús, porque Él es el Señor de la historia. Presente, pasado y futuro están en sus manos. Pidámosle, pues, el ingenio y la fortaleza para templar nuestros impulsos y nuestras impaciencias, y generar novedades valiosas. Me refiero a aquellas propuestas pastorales que deben seguir madurando entre nosotros, como son hacernos grandes a través de la escucha, de los pequeños detalles cotidianos y de una infancia espiritual capaz de apreciar la presencia del amor. Así haremos muy cierta la expresión de hoy: «Por Navidad, quien no estrena, no es nadie».
Con mi bendición y afecto,


