Fecha: 18 de enero de 2026

Estimados amigos y amigas:

Somos un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que hemos sido llamados (cf. Ef 4, 4), escribe el apóstol Pablo a la comunidad de Éfeso. Este sentir nos congrega para celebrar, como cada año, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Una fecha en la que el Espíritu nos vuelve a convocar –en un mismo cenáculo– para recordarnos que Dios no se fragmenta ni se divide: ama y se deja amar sin medida y sin condición, haciéndonos solamente uno en su Amor. Porque ante cualquier diferencia, estamos llamados a una sola esperanza, a una verdad que brota desde lo más profundo del Evangelio y que palpita en lo hondo del misterio cristiano.

La unidad de los cristianos es un don para la Iglesia y una condición sine qua non para la credibilidad del Evangelio. San Pablo sabía, a la perfección, dónde nacían las fragilidades y las fracturas de las primeras comunidades; por eso, sus palabras llamaban a la unidad cristiana, la que nace de la fidelidad a un mismo Señor. Antes de ser signos vivos de una Tradición, somos Cuerpo de Cristo, y antes de pronunciar distintos lenguajes teológicos, respiramos un mismo aliento. La Palabra nos recuerda, una y otra vez, que la diversidad no es una amenaza cuando brota de una misma raíz. El cuerpo tiene muchos miembros, y cada uno es necesario para una determinada función; por tanto, ninguno puede decir al otro: «Aléjate de mí porque no te necesito» (cf. 1 Cor 12, 21). Ninguna iglesia puede olvidar que vive unida a las demás por la sangre del mismo Cristo.

El Señor Jesús, en la hora más difícil de su vida, no se aferró al poder, ni al éxito, ni a la gloria. Solamente pidió unidad, porque era consciente de que un cristianismo dividido no puede anunciar, de ningún modo, al Dios de la comunión: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).

La unión a la que esta semana nos convoca la Iglesia no ha de ponerse en práctica unos días en concreto para, un tiempo después, encerrarla en el baúl del olvido. Ser una misma Carne es la semilla que Dios cultiva en nuestro corazón como un ejercicio constante de oración compartida, de caridad cristiana, de esperanza activa.

San Agustín nos recordaba que «en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; y en todo, caridad». Y san Juan Pablo II afirmaba con fuerza profética que el compromiso ecuménico es una exigencia del seguimiento de Cristo. La unidad solamente puede construirse caminando juntos, porque lo que nos une es infinitamente más profundo que lo que nos separa. Que el Espíritu nos conduzca a la plenitud de la comunión, para que el mundo –al vernos– crea, para que el Evangelio resplandezca con nuestro testimonio y para que la Iglesia sea signo creíble del amor trinitario. Porque hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, y en Dios una sola esperanza que no defrauda.