Fecha: 25 de enero de 2026
Con motivo del sexagésimo aniversario de la declaración sobre la educación del Concilio Vaticano II, el papa León ha renovado la apuesta educativa de la escuela católica con el documento “Dibujando nuevos mapas de esperanza”. El Concilio Vaticano II remarcó especialmente el derecho universal a la educación, un derecho por el que no hay que escatimar esfuerzos y dedicación, y al mismo tiempo insistió en que la familia es la primera escuela para los niños, adolescentes y jóvenes y, por tanto, es la primera y más importante responsable. El Concilio se hacía eco también del principio de subsidiariedad en esta formación, remarcando la importancia de que sea una educación integral y que afecte a todos los ámbitos de la persona: espiritual, intelectual, afectiva, física y social.
Vivimos en un entorno cultural y educativo complejo, fragmentado, digitalizado y de fragilidad en la persona humana, esa persona que debe ser siempre el centro de la acción educativa. El papa invita a asumir los retos del momento presente con esperanza, confiando en la profesionalidad, dedicación y testimonio de la comunidad educativa. “Educar es un acto de esperanza y una pasión que se renueva porque manifiesta la promesa que vemos en el futuro de la humanidad” (n. 3.2).
Anteriormente, el papa Francisco impulsó en 2019 el Pacto Mundial por la Educación, señalando ya unos caminos a seguir en este ámbito: la centralidad de la persona, la escucha de los niños y jóvenes, la participación de la mujer, la familia como primera educadora, la inclusión, la economía y la política al servicio de la humanidad y, finalmente, proteger nuestra casa común. El papa León añade tres prioridades a tener en cuenta y que, de algún modo, responden a los retos del mundo educativo en la actualidad.
En primer lugar, la vida interior, es decir, ayudar a los niños y jóvenes a saber cultivar la vida interior, a generar espacios de silencio y de escucha, a encontrarse consigo mismos y con Dios para entender el sentido profundo de su existencia. En segundo lugar, educar en el mundo digital, anteponiendo la persona humana al algoritmo y poniendo al servicio del bien común los avances tecnológicos que pueden ayudar a dignificar la vida de las personas y las comunidades, poniendo en el centro al ser humano. Y, en tercer lugar, el desarme y la paz: educar en la bienaventuranza de quienes ponen paz (Mt 5,9).
El Santo Padre nos pone delante unos retos educativos que se pueden alcanzar desde la perspectiva de la educación basada en el humanismo cristiano y en los principios de nuestra fe católica: “La escuela católica es un ambiente donde se entrelazan la fe, la cultura y la vida. No es simplemente una institución, sino un ambiente vivo en el que la visión cristiana impregna cada disciplina y cada interacción. Los educadores están llamados a una responsabilidad que va más allá del contrato de trabajo: el testimonio vale tanto como la lección” (5.2).
Desde nuestras escuelas queremos trabajar en esta línea, y quiero agradecer una vez más la dedicación de maestros y profesores, y de todo el personal que hace de su profesión una vocación de servicio inspirada en el Evangelio. Animo a las familias a confiar plenamente en este modelo educativo, a confiar y a colaborar, ya que es necesario que sea un trabajo conjunto para un objetivo conjunto también, que son los niños y los jóvenes, los hombres y mujeres del mañana.


