Fecha: 25 de enero de 2026

Estimados amigos y amigas:

Como una respiración insondable del Espíritu que nos llama a dejarnos guiar lentamente por los brazos piadosos del Padre, celebramos hoy el Domingo de la Palabra de Dios. El tema que nos congrega —«Que la Palabra de Cristo habite en vosotros» (Col 3,16)— es una invitación a dejar que Dios haga de nuestra vida su morada, su misterio, su refugio. El Verbo desea habitar en nosotros como quien encuentra casa, descanso y hogar.

A través de esta solemnidad, tenemos la oportunidad de reencontrarnos con una voz viva y profunda, capaz de atravesar el ruido del mundo y pronunciar con ternura nuestro nombre. Porque allí donde la Palabra habita, la fe no se marchita, la esperanza no se apaga, la caridad encuentra nuevos caminos de salvación. El Verbo sale a nuestro encuentro para dejarse leer por dentro, para transformar cada frase suya que nace en nuestras gargantas y muere en el corazón del que la escucha, para engendrar la vida y su sentido.

Los Evangelios, versículo a versículo, nos muestran que Jesús no sólo es la Palabra, sino que la predica a tiempo y a destiempo. Cuando habla, los corazones arden; y cuando calla, su silencio sigue expresando el lenguaje del amor. En el camino de Emaús, los discípulos no reconocen la voz del Resucitado hasta que Él les explica las Escrituras y parte el pan (cf. Lc 24,13-35). En el Cenáculo, está en medio de los apóstoles, pero el miedo les nubla los ojos y su voz necesita decir: «La paz esté con vosotros» (cf. Jn 21,7). Y junto al lago, al amanecer de un nuevo sol, habla des- de la orilla y nadie sabe que es Él hasta que la Palabra vuelve a ser fecunda y el discípulo amado clama: «Es el Señor» (cf. Jn 21,7).

Así actúa Dios: primero habla con ternura y luego hiere dulcemente el corazón. Y sólo entonces se deja reconocer.

La Palabra abre los ojos, ensancha el alma y devuelve el sentido al camino; crece cuando pasa del oído al corazón y del corazón a las manos. Pero, para eso, necesita espacio, sigilo, quietud. Este misterio se hace hoy principio, horizonte y plenitud en la X Semana de la Biblia que también conmemoramos en nuestra diócesis. En cada una de sus páginas, late un rostro, una historia de amor, una promesa fiel, incluso cuando nosotros fallamos. La Iglesia no puede vivir sin la Sagrada Escritura. Dios no grita desde lo más alto: se inclina, conversa, se hace infinitamente cercano; nos habla como un padre que conoce nuestras heridas y, aun así, no se cansa de escribir esperanza en la profundidad de nuestras pupilas.

Que María, la mujer de la escucha, quien «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19), nos enseñe a acoger la Palabra con humildad y fidelidad. Y que el Espíritu Santo haga de nuestra Iglesia una casa abierta para la Palabra, y de cada uno de nosotros un evangelio vivo escrito con la tinta imborrable del amor.