Fecha: 1 de febrero de 2026

Un día, después de la conversación de Jesús con un joven que era rico y que no era capaz de desprenderse de sus riquezas para seguirle, Pedro preguntó al Señor: «Nosotros lo hemos dejado todo para venir contigo. ¿Qué nos va a tocar?». Pero detrás de esta pregunta había otra: esta entrega, ¿qué sentido tiene, Señor?

Este domingo celebraremos ordenaciones en la catedral donde ocho seminaristas se entregarán al Señor en el ministerio del diaconado. Para ellos, resuena también esta pregunta: ¿qué nos tocará a nosotros? Y una petición al Señor: que valga la pena mi entrega total a ti.

Porque por la ordenación diaconal serán constituidos en iconos vivos de Cristo Siervo, y el motivo central de su vida será el servicio. Su misión y el camino de su santificación consistirá en convertirse en servidores generosos y fieles de Dios y de los hombres, especialmente de los más pobres y de los que sufren. Evidentemente, esto tomará en ellos un sentido más pleno en la ordenación presbiteral: esta entrega y servicio se revestirán de las funciones propias del sacerdote, configurados a Cristo Sacerdote, Cabeza y Pastor en el anuncio del Evangelio, en la oración por el pueblo y su santificación a través de los sacramentos, y en el cuidado del rebaño que el Señor les confiará.

Éste es el sentido de su entrega, y el Señor les dirá: «todo el que por mi nombre ha dejado casas, hermanos y hermanas, padre y madre, hijos o campos, recibirá mucho más y poseerá la vida eterna». Oremos por ellos y ¡demos gracias a Dios!

A su vez, el lunes 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, celebraremos la Jornada de la Vida Consagrada. Al igual que Cristo fue presentado en el Templo y ofrecido al Padre, así la vida consagrada participa de esta entrega de Jesús. También en ellos late la pregunta de Pedro: «¿Qué nos va a tocar?». Y el Evangelio da la misma respuesta: recibir «mucho más» y «la vida eterna». Pero este «mucho más» no son comodidades ni reconocimientos, sino la participación en la forma de vivir de Jesús, Hijo obediente, casto y pobre.

Este domingo, pues, miremos la ordenación diaconal y la vida consagrada no como dos realidades separadas, sino como dos rostros de una misma entrega al Señor. La pregunta de Pedro sólo encuentra respuesta a la luz de la fe: les tocará el gozo de pertenecer a Cristo, de servir con Él, de dar la vida con Él y de vivir para siempre con Él.

Ahora bien, esta pregunta y esta promesa no son sólo para los ordenados o consagrados. También un padre o una madre de familia, un joven, una persona mayor o un trabajador pueden preguntarse: «Señor, esta entrega cotidiana, ¿qué sentido tiene?». Y el Señor responde: la vocación de cada uno -vivida en la fe y en el amor- es camino de santidad y trae un fruto que Dios hace madurar a menudo en lo secreto.

Cada vocación manifiesta algún aspecto de Cristo: el diácono y el consagrado recuerdan que Dios es el primero; los esposos y padres que el amor es fecundo y fiel; los laicos que el Reino se construye en el trabajo y la apertura a la Gracia; los enfermos y ancianos que la cruz une al Salvador. Que el Señor nos conceda descubrir la belleza de nuestra vocación —la que sea— y vivirla con alegría, como María ofreciendo al Hijo en el Templo, y nos enseñe a ofrecer nuestra vida cada día, porque lo que «nos toca» al final es lo más grande: la comunión con Cristo y el ciento por uno de su amor.