Fecha: 1 de febrero de 2026

La fe cristiana es confiar. Es una invitación a elegir la vida para vivirla a fondo. Elegimos la Vida (Dios) para dar vida. Los hombres y mujeres que consagramos la vida a Jesucristo y a su Reino, aprendemos esta plenitud en la vida espiritual y en lo cotidiano de nuestros carismas insertos en barrios y ciudades, en hospitales y escuelas, en proyectos de promoción social y en los monasterios. Allí donde Dios cada día hace nuevas todas las cosas.

Los consagrados no huimos del mundo; despertamos el mundo, latiendo con el Corazón de Cristo; y eso nos asegura que estamos vivos, no solo sobreviviendo. La vida consagrada atrae cuando es vida abundante que contagia esperanza, ternura y belleza. Vivimos en comunidades (un solo corazón hacia Dios), un pequeño mundo de relaciones que se convierte en fuerza y en gimnasio donde fortalecer la escucha, discernir, celebrar y perdonar para que el Reino de Dios crezca. En nuestras comunidades hay alegría a cualquier edad, porque los corazones enamorados de Jesucristo no envejecen.

La vida consagrada nada a contracorriente con una alegría serena. No ofrece una vida fácil, porque busca un camino contrario a “la dictadura del yo”; afirma la fraternidad/sororidad, intenta vivir desde la gratuidad y la entrega. Pronunciamos votos de libertad. La castidad que no es ausencia de afecto, sino amar sin poseer, libres para una amistad universal que ensancha el corazón y desmonta tribalismos: una manera de amar que educa el deseo para hacerlo fecundo. La pobreza es vivir ligeros de equipaje, compartir, resistiendo la lógica consumista y haciendo espacio a lo esencial y a la solidaridad con los débiles y empobrecidos. Y la obediencia es disponibilidad: dejarse conducir, soltando amarras, buscando juntos la voluntad de Dios con confianza y en un diálogo que armoniza las diferencias.

Necesitamos más que nunca la vida consagrada: arriesgar la vida con Jesús para ser misión en este mundo. Somos personas apasionadas que queremos convertirnos en gramática que permita a todos leer en nuestras vidas y presencias: «Dios existe, Dios te ama. Hay sentido». Y tú, ¿para quién quieres ser?