Fecha: 8 de febrero de 2026

Al llegar el mes de febrero, la voz de “Manos Unidas” se eleva con más fuerza: se trata de la lucha contra el hambre en el mundo. Pero “Manos Unidas” trabaja durante todo el año, porque la campaña es de gran envergadura y porque la precariedad extrema de muchos pueblos no admite espera. El problema del hambre en el mundo es un problema de desequilibrio. Ahora bien, si entramos en su valoración moral, debemos afirmar que se trata de un problema de justicia distributiva.

Los países desarrollados producimos más de lo que necesitamos. Los estudiosos de este ámbito afirman que la producción actual, dividida por el número de habitantes de la tierra, proporcionaría toda una serie de bienes y, además, una dieta equilibrada para todos y cada uno. Pero la realidad es muy distinta. En muchos países, a causa de conflictos étnicos y políticos, de la corrupción, de los continuos expolios de Occidente y de otras miserias, sus habitantes viven en la pobreza y la precariedad totales. Las oleadas migratorias, arriesgando la propia vida en el trayecto, tienen como causa primera esta indigencia. Incluso, en este último año, los recortes realizados por algunos países ricos a determinadas ONG que trabajan en estos países provocarán irremediablemente nuevas oleadas de migrantes. Y después, cuando lleguen a nuestras tierras, les diremos que son ilegales, que no tienen papeles, que algunos son delincuentes… y los arrinconaremos bajo un puente.

Existe una solución más justa y elegante: trabajar en sus propios países para que no tengan que emigrar. Se trata de justicia distributiva. “Manos Unidas” es la institución de la Iglesia católica que trabaja en esta dirección. Somos los propios ciudadanos quienes debemos sensibilizar a la opinión pública y promover iniciativas y acciones que conduzcan a una mayor justicia distributiva. Esto es un signo de madurez. Por su parte, los gobiernos de los Estados deberían velar por el orden y la transparencia de estas gestiones, tomando las grandes decisiones en este ámbito, con la ventaja de que, si el pueblo ha sido previamente sensibilizado por las instituciones, contará más fácilmente con su solidaridad. Si creemos en la justicia distributiva, entonces haremos todo lo posible para que los habitantes de estos países no tengan que emigrar.

Conviene evaluar todos los pasos del proceso de “Manos Unidas” en la realización de sus programas. Se trata de un proceso bien pensado, realista y claro. Desde estas líneas deseo felicitar y animar a todas las personas que trabajan en él. De manera especial, me agrada la buena organización de las cenas solidarias, llamadas «cenas del hambre», que se celebran en estos momentos en todas las Unidades Pastorales de la Archidiócesis. Seguramente muchas otras personas, si lo pensaran, podrían dedicarles un tiempo y, al menos, participar activamente en ellas. Recordad aquel principio: la propia felicidad se encuentra cuando se busca la felicidad de los demás.

Vuestro,