Fecha: 8 de febrero de 2026

Estimados amigos y amigas:

Hay guerras que no abren telediarios ni llenan las páginas principales de los medios informativos y, sin embargo, hieren cada día la carne quebradiza del mundo. Una de ellas es el hambre. Esta batalla silenciosa, persistente e injusta, destroza a diario familias, territorios y vidas inocentes. Quizá, ante ella, sólo nos queda una opción: declararle la guerra. Pero una guerra sin violencia, librada con solidaridad, cooperación y compromiso. En esta nueva campaña de Manos Unidas, encadenamos nuestras fuerzas para hacer frente a este monstruo silencioso y gritar que Dios no quiere mesas vacías ni vidas olvidadas, porque cada pan compartido es ya un acto de paz que anuncia su Reino de justicia, fraternidad y solidaridad.

Cada página del Evangelio nos muestra a un Jesús profundamente compasivo, humilde y solícito a las necesidades más básicas del ser humano. Absolutamente nada pasa de largo para Él. Todo lo contrario. Antes de pronunciar cualquier discurso, parte el pan y lo reparte entre todos los que sufren. Antes de hablar del cielo, pone sus ojos en los hambrientos, los débiles, los abandonados: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6,37), dice el Señor a sus discípulos, como quien confía al corazón que ama la tarea más especial.

El mandato de Cristo atraviesa la historia, y de esta misma intuición evangélica nace Manos Unidas, consciente de que no es posible amar a Dios sin escuchar, muy de cerca, a tiempo y a destiempo (cf. 2 Tim 4, 2), el clamor del hambriento. La misión de Manos Unidas, que hoy celebra su Campaña contra el Hambre, es llevar alimentos, sembrar justicia, aliviar las urgencias más comprometidas y transformar las causas profundas que generan pobreza, desigualdad y exclusión en cauce de salvación.

Allí donde faltan el pan y la honra, Manos Unidas trabaja para que nazca la dignidad; allí donde brota una injusticia estructural y el mundo se olvida de perdonar, Manos Unidas siembra una esperanza con nombre, rostro e identidad para que todos recuerden la medida del Amor. Todo cuenta para el que se da por entero, porque el Reino de Dios comienza en lo pequeño, en el detalle que nadie ve, como una semilla que cae en tierra buena.

En un mundo creado para todos, absolutamente nadie debería sentirse descartado, solo, con hambre. Porque la fe se vive en las Sagradas Escrituras y en el pan compartido, en los templos y en las mesas, en las oraciones y en los gestos justos; uniendo Palabra y acción, Credo y escucha, Doctrina y ternura. Sólo así estaremos construyendo un mundo más justo, más fraterno y más parecido al sueño de Dios.