Fecha: 15 de febrero de 2026

El próximo miércoles 18 de febrero iniciaremos, un año más, el ejercicio de la Cuaresma. El sacerdote, en la Misa, impondrá la ceniza sobre nuestra cabeza invitándonos a la conversión o, como se decía en la fórmula antigua, recordándonos nuestra condición terrenal, como partículas de polvo que vienen de la tierra y vuelven a ella. Sea como fuere, la Cuaresma se nos presenta como una oportunidad para fortalecer y renovar nuestra vida cristiana. Es como una intervención quirúrgica que debe sacarnos todo lo que nos perjudica, todo lo que nos impide vivir con plenitud. Es lo que llamamos conversión y que supone centrar nuestras vidas en lo más importante, en lo que hay que mejorar en referencia a nuestra relación con Dios, con los demás y con uno mismo, y nos ayudará a ello la práctica de la oración, la limosna y el ayuno.

Por lo que se refiere a la oración, esta es el termómetro que mide la calidad de nuestra relación con Dios. Para un cristiano, la oración es hacer latir nuestro corazón con el amor de Dios, y esto nos lleva a una relación personal única e intransferible, de corazón a corazón. Y no me refiero a las oraciones como textos, que pueden ser de ayuda, pero que no son lo que marca el sentido de la oración, porque la oración es relación, amistad, comunicación. Como decía santa Teresa de Jesús, es tratar de amistad con aquel que nos ama. Es escuchar a Dios, que nos habla en el corazón, a través de su Palabra contenida en la Biblia o a través de los acontecimientos de la vida, y hablarle con confianza. Es verdad que vamos bastante ajetreados y nos cuesta encontrar momentos para orar, pero son momentos indispensables para vivir como hijos de Dios. Si en las familias es importante dedicar tiempo a encontrarse y enriquecerse mutuamente en la escucha y la comunicación, más aún cuando esto se refiere a Dios.

Se nos habla también del ayuno, que de alguna forma mide la relación con nosotros mismos, con la capacidad de sacrificio y de mejorar en la calidad de nuestra vida cristiana. La Iglesia nos ayuda en este trabajo indicándonos días de ayuno y prácticas concretas. Pero creo que no nos serviría demasiado si solo lo hacemos como actos exteriores. El verdadero ayuno que Dios quiere pasa por una seria revisión personal para tomar conciencia de lo que nos dificulta vivir como hijos de Dios. En este sentido, sería bueno revisar nuestro ayuno y, en el tiempo actual que vivimos, el ayuno podría ser también sabernos privar de tantas distracciones, noticias, imágenes, mensajes, series, etc.

Y, en tercer lugar, la limosna, nuestra relación con los demás teniendo como referencia lo que nos ofrecen los evangelios de cómo actuaba y vivía Jesús. La calidad de nuestra relación con los demás debe medirse por los criterios evangélicos. La lectura de la Palabra de Dios nos ayuda a ser conscientes de si la forma en que nos relacionamos con los demás nos acerca o nos aleja de Dios, especialmente en la capacidad de sentirnos cercanos a los más necesitados, a los pobres, a los que sufren en medio de nuestro mundo; en la capacidad de compartir nuestros bienes y nuestra vida también. La limosna puede ser dinero, es verdad, pero también tiempo, interés, dedicación, apertura al otro, reconocimiento del otro como hermano que necesita también de mi presencia y acompañamiento.

Vivamos, pues, una Cuaresma que nos mejore como personas y como cristianos, una Cuaresma que nos centre en lo que es más importante en nuestra vida como hijos de Dios y a compartirla con los demás.