Fecha: 15 de febrero de 2026

Estimados amigos y amigas:

Ayer, en nuestra diócesis tortosina, tuvo lugar la Jornada Diocesana de Agentes de Preparación al Matrimonio. Y dimos gracias al Dios de la Vida por tantos hombres y mujeres que sirven, con una inmensa e impagable generosidad, en la preparación de este bonito sacramento. Lo hicimos contemplando rostros concretos, miradas admirables, historias reales, parejas que se acercan a la Iglesia con ilusión, con preguntas, con heridas a veces, pero también con un deseo profundo –aunque no siempre consciente– de amar para siempre.

Preparar a una pareja para esta unión es, ante todo, anunciar, hacer resonar por vez primera –o, quizá, hacerlo de nuevo– el Evangelio del amor, ese anuncio decisivo que todo lo transforma y que escribe en el corazón del futuro matrimonio un mensaje: «Dios está aquí con vosotros, y no llega tarde, porque ya os conocía y ya os soñaba desde mucho antes de nacer». Es inmensamente bello descubrir que, antes de que dos novios se encontrasen, Dios ya los había mirado a los dos; antes de que sus manos se buscasen, Él ya estaba amasando sus corazones para ser solamente uno; antes, incluso de respirar y de contemplar la belleza de este mundo, el Señor sabía que serían «una sola carne» (cf. Gn 2, 24). Y no por casualidad, sino por amor. Porque quien decide amar en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, y hacerlo hasta el último de sus días, no lo hace solamente por sus fuerzas, sino sostenido por la gracia: ese milagro silencioso de Dios que convierte un amor frágil en una promesa profundamente fiel.

El matrimonio cristiano nace cuando dos personas descubren que ya no laten por separado. Desde el «sí», el corazón de la mujer, el del hombre y el de Dios comienzan a latir al mismo compás. Y entonces ya no son tres caminos paralelos, sino un único latido compartido. Ella, Él y Dios en el centro. Ahí se esconde el reflejo del misterio más alto: la Santísima Trinidad. Así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres Personas y un solo Dios, el matrimonio cristiano está llamado a ser comunión, unidad y entrega; y a amar como Dios ama, permaneciendo, sosteniendo, dando vida en abundancia.

Queridos novios y novias: Dios no es un invitado externo a vuestro amor. Él camina con vosotros, sostiene vuestras promesas y hace nuevas todas las cosas. Nunca olvidéis que amar no es solo sentir, sino elegir cada día; que la ternura no es debilidad, sino una de las manifestaciones más fuertes del amor. Dejad que Cristo, con su mansedumbre, modele vuestro matrimonio para que sea siempre un solo latido, nacido del amor del Padre, sostenido por Cristo y avivado por el Espíritu. Y que, escuchando ese latido, muchos se atrevan a saber que amar para siempre es posible, porque Dios ama primero y su amor no tiene fin.