Fecha: 22 de febrero de 2026

El pasado miércoles, con el Miércoles de Ceniza, iniciamos el tiempo de Cuaresma. No se trata meramente de un periodo litúrgico penitencial, sino que, sobre todo, es un tiempo teológico, un kairós que estructura la experiencia cristiana de la conversión, de la verdad sobre Jesucristo y de la esperanza pascual.

La Cuaresma no es una simple conmemoración cíclica, sino una pedagogía espiritual que educa al creyente en la tensión entre el ya y el todavía no. En la tradición bíblica, los cuarenta días remiten a experiencias fundacionales: el desierto de Israel, Moisés en el Sinaí, Elías camino de la montaña del Horeb, Jesucristo tentado en el desierto… En todos los casos, el tiempo se convierte en lugar de prueba, de purificación y de revelación. La Cuaresma sitúa a la Iglesia en este mismo espacio simbólico: un tiempo limitado que orienta hacia una transformación real.

La conversión cuaresmal, el cambio o metanoia, no debe entenderse solo en clave moral, sino también en clave cognitiva y existencial: es un cambio de mirada, una reordenación del intelecto y del deseo según la verdad de Cristo. Para el cristiano, la Cuaresma interpela la coherencia entre la fe pensada y la fe vivida, entre el discurso teológico y la forma de vida. En este sentido, el ayuno, la limosna y la oración no son prácticas ascéticas aisladas, sino verdaderos ejercicios de unificación interior.

Lejos de una visión represiva, la Cuaresma propone una ascética orientada a la libertad. El ayuno, por ejemplo, no niega el cuerpo, sino que lo reeduca; revela hasta qué punto los deseos y las seducciones de este mundo pueden llegar a ser tiránicos. En este sentido, la Cuaresma dialoga profundamente con la tradición filosófica clásica —de Aristóteles a los estoicos— y con la antropología cristiana: solo es libre quien sabe ordenar sus apetitos según el bien.

Por otro lado, la Cuaresma no es una experiencia meramente privada, sino sobre todo eclesial. La Iglesia entera entra en un proceso de discernimiento y purificación, reconociendo su fragilidad histórica y la necesidad constante de reforma (Ecclesia semper reformanda). Por este motivo, la Cuaresma tiene también una dimensión profética: pone en cuestión las complicidades con el poder, el consumismo desenfrenado y las idolatrías contemporáneas.

Finalmente, el sentido último de la Cuaresma es pascual. No se explica por sí misma, sino por la Pascua. La cruz, que emerge progresivamente en la liturgia cuaresmal, no es exaltación del sufrimiento, sino revelación del amor que se entrega hasta el final. La Cuaresma prepara el intelecto y el corazón para comprender que la verdad cristiana no se impone por la fuerza, sino que se manifiesta en el don de uno mismo.

En síntesis, la Cuaresma es un tiempo de verdad, en que el cristiano es invitado a dejarse juzgar por el Evangelio, a purificar la razón y el deseo, y a reorientar toda su existencia hacia el misterio pascual de nuestro Señor Jesucristo, centro y criterio último de nuestra propia fe.

Vuestro,