Fecha: 15 de marzo de 2026

Estimados amigos y amigas:

En el marco entrañable de la solemnidad del custodio fiel y silencioso San José, celebramos el Día del Seminario: una jornada que nos invita a escuchar de cerca la llamada de Cristo que sigue resonando hoy y la respuesta generosa de quienes se preparan para entregarle toda su vida. En nuestra diócesis tortosina, cuatro seminaristas caminan en este tiempo de gracia de la mano del Señor, dejándose moldear por la compasión de su Sagrado Corazón. Cuatro historias concretas donde Dios ha pronunciado un nombre y ha suscitado una respuesta. Su presencia callada y fiel es un don, porque allí donde hay un seminarista, hay futuro; allí donde un joven se dispone a configurarse en cuerpo y alma con Cristo, brota un esperanza que comienza a florecer.

El Seminario no es un lugar de estudio teológico-filosófico y aprendizaje moral; es, ante todo, una escuela del corazón, es el tiempo en que el Señor va modelando el alma de su hijo para que aprenda a amar como Él ama. Porque ser sacerdote comienza mucho antes de la ordenación: empieza cuando uno decide ser de Dios en cada segundo, en cada acto, en cada mirada; cuando ofrece sus manos al necesitado, cuando deja que el dolor del otro le atraviese, cuando aprende a mirar al débil con la ternura de Cristo. Él mismo nos lo recuerda: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas» (Jn 10,11). La vocación sacerdotal nace de esa contemplación, de mirar a ese Cristo que da la vida y desear darla con Él. Por eso, la etapa de formación en el Seminario es el tiempo en que el corazón aprende a arder con ese mismo fuego.

La vocación descansa en una certeza fiel, la de saber que Él estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20). Y aunque el camino no esté exento de pruebas, la vida nos enseña que con el Señor, incluso en medio de la fragilidad más absoluta, todo adquiere firmeza, seguridad y plenitud.

Un seminarista —y mañana un sacerdote— no es un hombre blindado contra el dolor, sino un hombre sostenido por la gracia, capaz de sembrar esperanza incluso cuando el mundo parece haberla perdido. Y junto a la esperanza, la alegría; porque donde hay un seminarista auténtico, hay alegría. Hoy, cada uno de ellos, armados con el yelmo de la certeza que nace de la Palabra y la Eucaristía, nos enseñan a dejarnos arder, alimentados por el Cuerpo y la Sangre de Cristo, trasfigurados día tras día en el Banquete del altar. Sin ese alimento, la vocación se apaga; con él, florece, incluso, en medio de la intemperie. Pues allí donde un joven dice «sí» para siempre, Dios abre un surco en la historia y, en su silencio, comienza a latir la eternidad.