Fecha: 22 de marzo de 2026

Estimados amigos y amigas:

El día 25 de marzo, cuando la Iglesia contempla el misterio de la Encarnación y celebra la Jornada por la Vida, somos invitados a volver la mirada al origen sagrado de todo existir. Regresamos al pesebre del Amor, al silencio fecundo del seno de María, al cuidado paciente de José, al Verbo eterno que comenzó a latir con corazón humano. Y, en ese mismo instante, toda vida quedó para siempre abrazada por Dios.

«Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones» (Jr 1, 5). Estas palabras del profeta Jeremías presagian que no somos fruto del azar, ni un accidente fortuito de la historia: somos un sentir amado de Dios, somos respiración suya en el barro frágil de nuestra carne.

Cuidar la vida, en la plenitud o en la herida, desde su concepción hasta su último suspiro, es un don irrevocable. Somos tejido de la ternura de Dios, somos el sueño de un Padre bueno: «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno» (Sal 139,13). En la Trinidad descubrimos la fuente de este misterio. El Padre nos piensa y nos llama a la existencia; el Hijo asume nuestra carne y la eleva hasta el cielo; y el Espíritu Santo habita en nosotros como aliento, viático y fuego. No estamos solos en el camino —a veces pedregoso— del vivir: somos morada del Amor trinitario y nuestra vida es un lugar sacrosanto donde el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se hacen providencia, altar y consuelo.

Cuidar la vida es custodiar un latido que no nos pertenece del todo: es el latido mismo de Dios en nosotros. Él ha puesto su corazón en el nuestro para que vivamos desde Él, por Él y en Él. Y cada respiración es participación en su aliento, cada gesto de amor es una transparencia de su divinidad. Como decía san Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre viviente; y la vida del hombre es la visión de Dios». Por eso, vivir es ya una vocación; y amar sin medida es su cumplimiento.

Cuidar la vida es contemplarla, servirla, acompañarla, sostenerla cuando tiembla. Es reconocer en cada rostro una epifanía del Dios vivo. Hoy se nos confía esta tarea, la de hacer de nuestra existencia un latido agradecido para que cada día podamos decir: «Señor, que mi corazón aprenda tu latir y que mis manos cuiden lo que Tú amas, hasta que toda vida encuentre en nosotros un hogar». Porque si Dios ha puesto su corazón en el nuestro desde el primer instante, entonces cada vida es sagrario, cada historia es tierra santa y cada ser humano es un misterio que nos remite al Amor eterno.