Fecha: 29 de marzo de 2026
Comienza la Semana Santa, la primera que compartimos. Continuamos nuestra reflexión sobre la misión, es decir, sobre la alegría de ser misioneros. Estos días van acompañados de unas celebraciones intensas y —permitidme decirlo— fantásticas. Celebramos lo que somos y lo que estamos llamados a ser: hombres y mujeres que viven amando. Y es que la Semana Santa trata de esto, de amar. He aquí lo que quisiera comentar a partir del dicho de hoy: «quedarse de piedra». Se dice normalmente cuando nos quedamos sorprendidos por alguien. Pues bien, es Jesús quien nos maravilla, y mucho.
Lo hace con sencillez, pero al mismo tiempo con radicalidad, con valentía, con autenticidad. Jesús es la expresión viva de Dios Padre, que es amor; por eso su Hijo, Jesús, es quien ama en todo momento y nos enseña cómo amar. Os lo aseguro: amar es rompedor. Este es el camino que Jesús nos indica para vivir. Es Él, Jesús, quien vive y se desvive para que entendamos que debemos conjugar siempre el verbo «amar»: en todo momento, en toda ocasión.
Jesús vivió hasta el extremo una violencia atroz, pasando por la traición, la mentira y la injusticia… Toda esta alta densidad de maldad condensaba razones más que suficientes para rebelarse, de alguna manera, con alguna moneda semejante. Y no. Jesús no genera una respuesta violenta. Jesús ama, acepta, perdona. Este es el camino.
Había hecho diversas advertencias a sus amigos: «quien quiera ser el primero, que sea el último», «he venido a servir y no a ser servido»… y otras. Con todo, Jesús sufrió la incomprensión de su posición por parte de los más cercanos, los discípulos. Toda la vida fue para Jesús una referencia constante al mandamiento supremo del amor: «ama al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todo el pensamiento» y «ama a los demás como a ti mismo».
La misión debe ser, pues, una manifestación constante del amor. Dios nos envía al mundo para dar testimonio del amor. A todos nos toca aprender a amar y, por tanto, a evitar planteamientos desconfiados, elitistas y exclusivistas, porque no hacen más que generar tensión, incomprensión e inquietudes molestas. El Evangelio de Jesús, al contrario, nos invita a recorrer los caminos del servicio, la escucha, el diálogo y el perdón.
La radicalidad de Jesús, por tanto, se encuentra en su posición de combate contra el mal a partir del amor. No hay nada ni nadie que doblegue el propósito de Jesús. Me pregunto humildemente: «¿sabríamos vivir firmes en el amor?». Sabemos que el amor, para Jesús, no es un motivo pasajero. El hecho de amar es una propuesta de vida que nos lleva a la plenitud, a la felicidad, a la eternidad.
Lo que celebraremos estos próximos días debe ayudarnos a vivir, y no a malgastarnos. En todo caso, si tenemos que gastar la vida, que sea porque amamos de verdad, sin ningún tipo de violencia. Todo es ponerse a ello. La liturgia será una buena pedagogía. Acojamos estos días como una verdadera invitación a entrar en el misterio del amor. Tanto allí donde se celebre la Eucaristía como en los lugares donde habrá celebraciones de la Palabra, cuidad todos los detalles. Esto ennoblecerá la asamblea, y el culto será expresión de una esperanza que va más allá de la estricta lógica humana. Creedme, el misterio del amor es siempre sobreabundante y, si lo vivimos según nuestras posibilidades, pero con sinceridad, aquellos que nos vean «se quedarán de piedra», os lo aseguro.


