Fecha: 5 de abril de 2026
A veces nos puede pasar que, ante una situación de sufrimiento o de miedo viendo el mundo en el que vivimos, se nos plantee una pregunta: ¿Dónde estás en medio de tanta oscuridad, Señor? ¿Cómo permites que el mundo experimente tantos sufrimientos, enfrentamientos e injusticias? En estos casos es como si volviéramos a aquella tarde del viernes santo en que el cielo se llenó de tinieblas como nos dice el evangelio de san Marcos, cuando “llegado el mediodía, se extendió por toda la tierra una oscuridad que duró hasta las tres de la tarde… Y Jesús gritó con toda la fuerza: Eloí, Eloí ¿lemà sabactani?, que significa ¿Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado?» (Mc. 15,33).
¿Acaso Dios nos ha abandonado? No, nosotros sabemos que no. Sabemos que en medio de aquellas tinieblas Dios y su amor estaban presentes en Cristo su Hijo, el hijo de Dios. ¡Cómo está también presente ahora porque Cristo ha resucitado y ha vencido a la muerte! Este domingo celebramos la resurrección del Señor, su triunfo. Este es el acontecimiento central de nuestra fe, el fundamento del bautismo que hemos recibido, de la nueva vida que nos ha transformado. Y nuestra fe se fundamenta en el amor de Dios en el que creemos.
No fue fácil para aquellos primeros discípulos asumir que su Maestro estaba vivo, después de haberle acompañado en el proceso de condena, en el camino del calvario y en su muerte ignominiosa en la cruz. Una vez enterrado parecía que todo había terminado. Parecía que había sido un maravilloso sueño que se desvanecería con el paso del tiempo. Y sin embargo era real, Jesús estaba vivo, está vivo. Y tampoco es fácil para nosotros, en medio de tantas inquietudes, de tantos interrogantes sobre el futuro, mantener viva la fe en la presencia de Jesucristo en el mundo y en nosotros mismos. Pero esta es la realidad, esta es nuestra fe.
Los evangelios que narran las apariciones son muy respetuosos. No había nadie presente en el momento de la resurrección, por tanto, no se puede hacer literatura de ello. Se acepta que la tumba estaba vacía, y éste fue para el apóstol Juan el elemento decisivo para creer que estaba vivo (Jn 20,8). Y poco a poco aquellos primeros discípulos se fueron sobreponiendo a la sorpresa inicial y en su corazón renació la esperanza, una esperanza fundamentada en la fe en que Dios nos ama y ha vencido a la muerte.
Necesitamos esta esperanza en nuestro mundo. Varios teólogos y filósofos actuales reflexionan sobre la necesidad de la esperanza en medio de un mundo como el nuestro, marcado por el desencanto, por un cierto nihilismo práctico, por un agotamiento de las energías humanas y por el pesimismo que comienza a instalarse especialmente en las generaciones más jóvenes. Pero sin esperanza no se puede vivir, y la esperanza no es un optimismo ingenuo como afirma el profesor Francesc Torralba, sino que es la condición necesaria para que la vida personal y colectiva avancen.
Celebrar la Resurrección de Jesús es proclamar a los cuatro vientos que la vida, la fe y la esperanza tienen sentido, porque son fruto de un amor incondicional que vence definitivamente las barreras humanas más difíciles de superar como son el dolor, el pecado y la muerte.
Cristo ha resucitado, y él vive con nosotros como dijo a los apóstoles: «Yo estoy con vosotros día tras día hasta el fin del mundo» (Mt. 28, 20). ¡Celebrar la Pascua es compartir esta fe y esta esperanza con los demás! ¡Santa Pascua de Resurrección para todos vosotros!


