Fecha: 12 de abril de 2026

Estimados amigos y amigas: H oy celebramos la fiesta de la Divina Misericordia, un día que nos invita a contemplar —con una profunda y exquisita compasión— el rostro tierno de Dios, que se revela en Jesús de Nazaret.

«El nombre de Dios es misericordia», dejó escrito el papa Francisco, como un desafío que nos llama a encarnar la compasión en nuestra vida y en la de aquellos que se acerquen a nosotros. Hemos de hacer que la misericordia se convierta en nuestro nombre, en nuestro pensamiento, en nuestras palabras, en nuestros gestos y en nuestras acciones. Sólo así podremos ser como Él y asemejarnos a su modo de cuidar, de sostener, de consolar (cf. Lc 6,36). Esta invitación a vivir la vida del Señor, quien extendió su mano al herido, al perdido y al caído, sin medir la distancia ni el riesgo, no desea sacrificios vacíos, sino corazones que aprendan a amar y se abran a su perdón.

Santa Faustina Kowalska, en su Diario, relata cómo el Señor Jesús le mostró la ternura de su misericordia: «Deseo que la humanidad reconozca Mi inmenso amor y que confíe en Mi misericordia». Así, cada uno de nosotros está llamado a ser instrumento de ese amor: a ser santo en la vida diaria, a ser piadoso en lo concreto, en la familia, en el trabajo, en la calle, en los silencios de nuestra oración…

También el papa León XIV, en su primer discurso, nos invitaba a dejarnos transfigurar por una paz desarmada y desarmante, a permitir que la gracia de Dios irrumpa en nuestra vida y nos transforme. La misericordia es el camino de la verdadera paz: la que se comparte, se ofrece y reconcilia. Por eso, cuando Jesús dice: «Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia» (Mt 5,7), perpetúa que la misericordia es un estilo de vida que nos hace humanos y santos, plenamente, a cada segundo, a la vez.

Que en cada gesto cotidiano, por pequeño que sea, podamos reflejar la ternura de Dios; que nuestras palabras sean bálsamo, nuestras manos instrumento de consuelo y nuestra fe cauce de comprensión, sacrificio y perdón. Vivamos unidos, compartiendo nuestras alegrías y penas, rezando unos por otros, hasta que la humanidad de Cristo nos transforme en presencia suya. Y que cada día de nuestra vida sea un altar donde la misericordia de Dios se ofrezca, transformando cada corazón herido en hogar de su infinito Amor.