Fecha: 19 de abril de 2026

¿Sería exagerado afirmar que en el mundo actual nos falta alegría? Vivimos muy centrados en nuestras preocupaciones y en las que afectan al mundo también. Incluso me atrevería a decir que ni siquiera hay humoristas que nos sepan transmitir una visión sana y cómica de la vida, que nos contagien del buen humor. Y de todo esto, de esta falta de alegría y de entusiasmo no estamos libres los cristianos, a pesar de que tenemos el mayor motivo de alegría, la presencia del Señor Resucitado, vivo y victorioso en nuestras vidas y en el mundo.

Nos dice el evangelio de san Juan, en la narración de la primera aparición de Jesús a sus discípulos que: “Al atardecer de ese mismo día, que era domingo, los discípulos, por miedo a los judíos, tenían cerradas las puertas del lugar donde se encontraban. Jesús llegó, se puso en medio y les dijo: ¡Paz a vosotros! Y los discípulos se alegraron de ver al Señor” (Jn 20, 19-20).

Dice también San Lucas en su evangelio que, el mismo domingo de la Resurrección, Jesús se apareció a unos discípulos que volvían, desanimados, a su pueblo de Emaús. Y se puso a hacer el camino con ellos, y les iba hablando y explicando lo que se refería a él en las Escrituras. Después, cuando desapareció de sus ojos, ellos y se dijeron el uno al otro: “¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba por el camino y nos abría el sentido de las Escrituras?” (Lc. 24, 13-32).

Ésta es la reacción que produce la presencia de Jesús Resucitado en sus discípulos, y que debería producir en nosotros también si lo supiéramos reconocer: alegría y entusiasmo. Y significativamente, en ambos casos, esta experiencia se produce en el seno de la comunidad, compartiendo su alegría con los otros discípulos.

En un mundo impregnado de desesperanza, sumergido en la desorientación, debemos preguntarnos si los cristianos somos verdaderos testigos de la Resurrección del Señor. Es decir, de su presencia en nuestras vidas. Y también quizá deberíamos preguntarnos hasta qué punto nos condiciona la oscuridad del mundo que nos rodea. Por ejemplo, en nuestra forma de pensar, en nuestros criterios, en nuestras reacciones ante los problemas y dificultades. ¿Son nuestros pensamientos y sentimientos realmente los del evangelio?  Nos deberíamos preguntar también cuál es la fuente de la alegría que nos alimenta. Porque sabemos por experiencia que las compensaciones y las alegrías que el mundo nos puede dar, a pesar de no ser malas muchas de ellas, son pasajeras, fugaces, y no son la alegría verdadera que sólo nos puede dar la presencia del Señor Resucitado, su amistad. Y éste es precisamente el testimonio de que el mundo necesita.

Los discípulos de Emaús volvieron corriendo a Jerusalén porque su corazón ardía, y fueron a reunirse con los demás discípulos. ¿No será quizá ese fuego, esa alegría de los apóstoles el testimonio que el mundo necesita de nosotros en estos momentos? Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Creer es ver, creer en Jesús presente en mí y en los hermanos.