Fecha: 3 de mayo de 2026
La invitación de Jesús resucitado a sus discípulos es clara: «id por todo el mundo, predicad el evangelio a toda criatura». Ir por todo el mundo como misioneros no es un reto menor. No es ninguna broma. La novela francesa de Jules Verne, Le tour du monde en quatre-vingts jours, soñaba esta posibilidad como una aventura emocionante. ¿Quién no ha pensado alguna vez en dar la vuelta al mundo, verdad? Hoy, entre los jóvenes, «el viaje» es una de las primeras prioridades. Curiosamente, sin embargo, deberíamos decir que no es lo mismo «ir por todo el mundo» que «ir a todos los mundos». Nosotros, amigos de Jesús, queremos hacernos presentes precisamente en aquellos mundos más perjudicados por el egoísmo, la hipocresía y la injusticia. Jesús elegiría estos «mundos» para poner luz en ellos.
Nuestro hecho de ser testigos de la resurrección no puede convertirse en un pasar de puntillas, sino que queremos dejar una buena huella de solidaridad y de alegría, es decir, de Dios. Y otro detalle importante: hemos hablado muy poco de la predicación. Todos predicamos, y la predicación de todos es importante. El hecho relevante es que no solo predicamos con la palabra, sino que también lo hacemos con el testimonio. San Francisco de Asís pedía a sus hermanos que predicaran siempre con el ejemplo de su vida y, en todo caso, que añadieran la palabra en último término.
La experiencia de vida es el primer evangelio que leen nuestros contemporáneos más alejados. Nuestra presencia dice mucho allí donde estamos. El mismo estilo dice mucho de quién es Dios para mí, para nosotros. Por eso, el dicho de hoy quisiera ser una invitación a no caer en la rutina. La misión unida a la monotonía es signo de enfermedad espiritual. Hoy se hace muy cierta la expresión que proponemos: «quien no arriesga no gana».
Pues sí, el riesgo también es un factor a considerar en nuestros planteamientos misioneros. Esto lo digo en dos sentidos. El primero, porque a veces vivimos situaciones, momentos y escenarios que nos vienen dados y nos ponen contra las cuerdas. Hay momentos en los que nos descubrimos muy superados y, por tanto, también muy pequeños, muy frágiles. El segundo es cuando somos nosotros quienes forzamos alguna situación para superar una injusticia o un bloqueo.
Es necesario que el evangelio sea conocido y propuesto con toda su fuerza; no lo olvidemos. Es entonces cuando el misionero recuerda el «no tengáis miedo» que Jesús nos dirige, y también aquella promesa que encontramos en el evangelio: «será el mismo Espíritu de Dios quien vendrá en ayuda nuestra». Queridos, la misión es anclarnos siempre en Jesús y en su Espíritu, es decir, en Dios, el Padre bueno. Esto es verdaderamente arriesgarnos a vivir plenamente. Por tanto, seamos de los que ponen a Dios en el centro de su vida.
Arriesguémonos a hacer realidad el sueño de Dios: un mundo nuevo, «la civilización del Amor», la fraternidad como vínculo entre culturas. Será la manera honesta de vivir habiendo intentado hacer lo que debíamos hacer. Queremos ser de los que dan la vuelta al mundo y se hacen presentes en tantos mundos, poniendo a Dios en el centro.
Desde este planteamiento, el riesgo no quiere ser una expresión inconsciente del valor que otorgamos a nuestra vida. No queremos ponernos en riesgo por causas banales, sino por un buen motivo: que Dios sea conocido, amado, aceptado y compartido. Dios no es el origen de nuestros males, sino de nuestro bien. Él nos ha creado libres. Él es nuestro futuro. Él es a quien encontramos en nuestro origen y en nuestro día a día. Confiando en Dios, proseguiremos nuestro camino, porque, de hecho, es la confianza en Dios la que genera ese riesgo saludable que debemos aceptar y proponer. Adelante.


