Fecha: 10 de mayo de 2026
Hay un momento en la vida de todo creyente en que la fe deja de ser una cuestión de ideas y se convierte en una cuestión de relaciones. No es lo mismo creer que Dios existe, hay que fiarse. No es lo mismo conocer a María por el catecismo que acudir a ella como a una madre.
Este mes de mayo, en pleno Tiempo Pascual, la Iglesia nos invita a renovar nuestra relación con la Virgen. No tanto para practicar más devociones, sino para vivir una devoción más verdadera. Y la devoción más verdadera que podemos tener a María es la que le corresponde por derecho: la devoción de hijos.
Y este es un regalo de Jesús, el regalo de la Cruz. Para entender la devoción filial, es necesario volver al origen. No es una devoción que nosotros hayamos inventado, ni una práctica piadosa que la tradición haya ido construyendo poco a poco. Es un regalo que nos hizo Jesucristo en el momento más solemne de su vida: “Cuando Jesús vio a su madre y con ella el discípulo al que amaba, dijo a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dijo al discípulo: ‘Aquí tienes a tu madre.’ Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19, 26–27).
No es un gesto de consolación para María. Es un don para nosotros. Desde ese momento, Juan —y en él, cada uno de nosotros— quedó constituido en hijo de María. Y el evangelio nos dice que el discípulo la acogió en su casa.» No dice que la veneró desde la distancia. Dice que la acogió. La introdujo en su vida. Hizo sitio para ella. Ésta es la devoción filial: no una devoción que se practica de vez en cuando, sino una relación que se vive continuamente y desde dentro.
Pero ¿qué es confiar en María como hijos? La confianza filial tiene una característica muy particular: no es necesario demostrar nada. Un niño pequeño no hace méritos antes de ir a buscar a su madre. No repasa si ese día se ha portado bien. Simplemente va. Porque sabe que ella le quiere y con esto le basta. Muchas veces nuestra relación con María es demasiado racional, demasiado calculada. Vamos a ella cuando pensamos que hemos rezado bastante, cuando nos sentimos dignos, cuando tenemos algo que ofrecerle. Pero esto no es confianza filial. Esto es una relación de méritos, pero la confianza y el amor no se compran ni venden.
Pensemos que cuando en Caná Galilea se acabó el vino, María no espera que los novios vengan a pedirle ayuda. Ella misma advierte la necesidad y acude a Jesús. No dice: “Les pasa esto, ¿quieres ayudarlos?”. Dice simplemente: «No tienen vino.» (Jn 2, 3). Dos palabras. La confianza más absoluta de que su Hijo actuará.
Recordemos también las palabras que la Virgen María le dijo al indio san Juan Diego en una de las apariciones de Guadalupe: “No se entristezca tu corazón…¿Es que no estoy yo aquí, que soy tu Madre?” (12 de diciembre de 1531). La confianza filial nos lleva a Jesús. «Haced lo que él os diga.» (Jn 2, 5). La verdadera devoción mariana no termina en María. Empieza en ella y llega a Cristo.


