Fecha: 10 de mayo de 2026
Estimados amigos y amigas:
En el corazón de la Pascua, mientras la vida se abre paso sobre la muerte, la Iglesia nos invita a detenernos con especial delicadeza ante el misterio del sufrimiento humano en la Pascua del Enfermo. El lema de este año —La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro— nos propone volver la mirada a una de las páginas más luminosas del Evangelio: la del buen samaritano (cf. Lc 10,25- 37). En ella, el Señor nos revela que el amor verdadero no pasa de largo: se detiene, se inclina, se compadece, se deja afectar y se hace herida con el herido.
El papa León XIV, en su mensaje para la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo, lo recuerda con palabras de una profundidad desarmante: «El dolor que nos conmueve no es un dolor ajeno, es el dolor de un miembro de nuestro propio cuerpo al que nuestra Cabeza nos manda acudir para el bien de todos» (n. 2). Este sentir nos sitúa ante una verdad esencial: el sufrimiento del otro no nos es extraño, nos pertenece porque es carne de nuestra carne y es una llamada que brota desde dentro del mismo Cuerpo de Cristo. Así, ser compasivos implica permitir que el dolor del hermano atraviese nuestras seguridades y nos desinstale de principio a fin. Es dejarnos herir por el sufrimiento del mundo para convertirnos, desde ahí, en presencia de consuelo.
En un mundo donde la fragilidad —revestida de enfermedad, soledad, pobreza, miedo o aislamiento— muchas veces se esconde o se descarta, estamos llamados a ser samaritanos que no pasan de largo, que no se acostumbran al dolor ajeno, que no se refugian en la indiferencia para vivir su propia vida. Y hemos de dar un paso más, que es profundamente evangélico: debemos hacer nuestro ese dolor y ofrecerlo con alegría. Cristo no se bajó de la Cruz, y no fue porque no pudiera, sino porque amó hasta el extremo. Sus manos traspasadas, sus pies clavados, su frente coronada de espinas… todo en Él se convirtió en lenguaje de amor. Desde sus llagas, el mundo fue abrazado; y desde su sufrimiento, la humanidad fue redimida.
El amor cristiano exige cuidado, compasión y fortaleza. Pero ahí descubrimos el sentido más alto del sufrimiento ofrecido: cuando se une al del Señor Jesús, deja de ser irracional para transformarse en misterio de eterna salvación. Así, en esta Pascua del Enfermo, recordamos también a quienes cuidan, a esas manos anónimas que día tras día sostienen, acompañan, secan lágrimas, velan en la noche y se desgastan en el amor. Pidamos la gracia de no pasar de largo para dejarnos conmover, porque la compasión no es debilidad: es la forma más sublime del amor, el reflejo más fiel del corazón de Cristo.


