Fecha: 17 de mayo de 2026
En el camino pascual, la luz no se manifiesta solo en la alegría de la Resurrección, sino también en la capacidad de reconocer a Cristo presente en los más vulnerables. En este tercer momento de nuestro itinerario, contemplamos la acogida a los enfermos y a las personas con discapacidad, en la preparación de la peregrinación diocesana al Santuario de Lourdes, una tarea humilde y, al mismo tiempo, profundamente evangélica que lleva a cabo nuestra Hospitalidad.
El misterio pascual nos revela a un Dios que no rehúye el sufrimiento, sino que lo asume y lo transforma desde dentro. Por ello, la acogida de los enfermos no es un gesto accesorio ni meramente asistencial, sino un acto teológico: es reconocer en la fragilidad humana el rostro de Cristo crucificado y glorioso. Como nos recuerda el Evangelio: «estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25,36); así, cada gesto de acogida se convierte en encuentro con el Señor mismo.
La preparación de la peregrinación a Lourdes se convierte, por tanto, en una escuela de caridad. No se trata solo de organizar un viaje, sino de tejer una red de relaciones fraternas donde cada persona es reconocida en su dignidad inviolable. La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que la dignidad humana no depende de las capacidades físicas o mentales, sino que es inherente a cada persona creada a imagen de Dios. Esta verdad se hace vida cuando la comunidad se dispone a poner en el centro a aquellos que a menudo son relegados a los márgenes.
La Hospitalidad, en este sentido, se convierte en signo visible de una Iglesia que acoge, acompaña y sirve. Los voluntarios, los familiares, la multitud de jóvenes, los profesionales y todos aquellos que participan en la peregrinación a Lourdes no solo ofrecen tiempo y esfuerzo, sino que comparten esperanza. En el contacto con la fragilidad descubren una nueva manera de mirar: una mirada purificada, capaz de ver más allá de las limitaciones e intuir la presencia de Dios que actúa en el silencio y en la dependencia.
Esta acogida es también un testimonio social. En un mundo que a menudo exalta la eficiencia y la autonomía, el cuidado de los más débiles se convierte en una contracultura profética. Es una afirmación clara de que el valor de una sociedad se mide por la manera en que trata a sus miembros más vulnerables. Así, la preparación de la peregrinación no solo transforma a quienes participan en ella, sino que interpela a toda la comunidad a vivir con mayor justicia, solidaridad y amor.
El camino a Lourdes aparece no tanto como una meta geográfica, sino como un símbolo del camino interior que todos estamos llamados a recorrer. Acoger al enfermo es dejarse evangelizar por él; es reconocer que todos estamos necesitados de curación, todos somos peregrinos que caminamos con esperanza hacia la plenitud de la vida en Dios.
Que esta tercera «luz de Pascua» nos ayude a abrir los ojos y el corazón, para que, en la acogida de los más frágiles, descubramos la presencia viva del Resucitado que sigue caminando con su pueblo.
Vuestro,


