Fecha: 17 de mayo de 2026
El 17 de mayo, domingo de la Ascensión, la Iglesia celebra la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales con el lema “Preservar las voces y los rostros humanos”. Hoy felicito a los profesionales de la comunicación, a los trabajadores y trabajadoras de la prensa escrita, de la radio, de la televisión y del mundo digital, especialmente a los profesionales que trabajan en el territorio de nuestra diócesis; con un recuerdo especial para nuestra oficina diocesana de comunicación.
Vivimos en un contexto de auge de la Inteligencia Artificial, cuyo alcance e impacto en la vida de todos, empezamos a disfrutar y a padecer. Nos hará bien acoger el mensaje del papa León XIV, a quien pronto recibiremos, invitándonos a defender lo más sagrado y frágil de la comunicación humana: el rostro y la voz. Porque son rasgos únicos de cada persona, lugar de presencia del amor de Dios y de relación; por eso, cuidarlos es, en el fondo, custodiar nuestra humanidad.
Cada día salimos a la calle con mucha información y, paradójicamente, menos encuentro; mucha opinión y, a menudo, menos escucha. Los algoritmos tienden a premiar la reacción rápida y la indignación fácil, mientras penalizan el tiempo necesario para comprender; así se alimenta la polarización y se debilita el pensamiento crítico. En este contexto, la inteligencia artificial puede ayudar, sí, pero también puede confundir: simular voces y rostros, fabricar “realidades” paralelas, erosionar la creatividad y convertirnos en consumidores pasivos. El reto -dice el Papa- no es solo tecnológico, sino antropológico.
Por eso necesitamos una conversión comunicativa. Volver a mirar el rostro del otro y a respetar su voz, especialmente la de quien no tiene altavoz. Y aquí la Iglesia puede aportar una sabiduría concreta: “desarmar la comunicación” de prejuicios, rencores y agresividad; comunicar con mansedumbre, como testigo de esperanza. También “medir el lenguaje”, porque con las palabras se puede herir —e incluso matar— tanto como con las armas.
Cooperemos en una cultura de la verificación, la transparencia y la responsabilidad. Y ¿por qué no recuperar espacios de conversación real, donde la alteridad no sea una amenaza, sino un don?


