Fecha: 24 de mayo de 2026
En esta última carta de la serie «Luces de Pascua», llegamos a la cumbre del camino pascual: el domingo de Pentecostés. Si la Pascua nos ha revelado la luz del Resucitado que vence la oscuridad de la muerte, Pentecostés nos muestra cómo esta luz no queda encerrada, sino que se difunde, se comunica y enciende nuevos corazones. Es la luz del Espíritu Santo, fuego vivo que transforma, guía y renueva.
En los últimos años, esta luz se hace visible en un fenómeno que crece silenciosamente, pero con fuerza: el de jóvenes y adultos que piden el bautismo. En un mundo a menudo marcado por la indiferencia o por una espiritualidad superficial, sorprende y conmueve ver a personas que, desde caminos diversos, llegan a sentir una llamada interior hacia Cristo y su Iglesia. No se trata de una simple adhesión cultural o social, sino de una auténtica búsqueda espiritual, de una sed de sentido y de verdad.
El catecumenado se convierte así en un espacio privilegiado donde esta luz comienza a tomar forma. No es solo un proceso de aprendizaje doctrinal, sino una verdadera iniciación a la vida cristiana: un camino de conversión, de escucha de la Palabra, de oración y de descubrimiento progresivo del misterio de Dios. En este proceso, el Espíritu Santo actúa de manera discreta pero real, como una luz que ilumina sin deslumbrar, que calienta sin consumir.
Pentecostés nos recuerda que la Iglesia nace de este mismo Espíritu y que sin Él no hay vida cristiana auténtica. Es el Espíritu quien abre el corazón de los catecúmenos, quien despierta en ellos el deseo del bautismo, quien los sostiene en el camino y los prepara para recibir la vida nueva. Esta realidad nos invita a contemplar el bautismo no solo como un rito de inicio, sino como una verdadera Pascua personal: un paso de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida.
La presencia creciente de catecúmenos es también un signo para toda la comunidad cristiana. Nos interpela, nos sacude y nos invita a revisar nuestra propia fe. A menudo, quienes llegan nuevos lo hacen con una frescura, una radicalidad y una alegría que ponen en evidencia nuestra rutina o nuestra tibieza. Ellos nos recuerdan que la fe no es una costumbre, sino un encuentro vivo con Cristo; no es una herencia pasiva, sino una respuesta libre y personal.
Además, este fenómeno revela que el Espíritu sigue actuando en el corazón del mundo, incluso allí donde parece ausente. En medio de la secularización, de la fragmentación cultural y de la crisis de referentes, el Espíritu suscita nuevas búsquedas, nuevas preguntas, nuevas aperturas. La luz de Pentecostés no es una luz del pasado, sino una realidad presente, dinámica y sorprendente.
Por eso, esta última «luz de Pascua» no es un punto final, sino un envío. Como los apóstoles, también nosotros estamos llamados a dejarnos llenar por el Espíritu y a convertirnos en testigos de la luz. Los nuevos bautizados son un don para la Iglesia, pero también una responsabilidad: nos reclaman acogida, acompañamiento, coherencia y autenticidad. Que también nosotros nos dejemos renovar por este fuego divino. Porque la luz de la Pascua, encendida en Cristo, no se apaga: se multiplica en cada vida que se abre al Espíritu.
¡Feliz Pascua de Pentecostés!


