Fecha: 24 de mayo de 2026
Pentecostés es una de las grandes celebraciones del año litúrgico. Cincuenta días después de Pascua, celebramos la venida del Espíritu Santo. Los apóstoles lo recibieron cuando estaban reunidos. Aquel momento no fue solo el inicio de una nueva etapa de la primera comunidad cristiana, sino el nacimiento de una Iglesia en salida, valiente y abierta al mundo. El miedo daba paso al entusiasmo por transmitir la Buena Nueva. Esta celebración coincide con la Jornada del Apostolado Seglar y quiere poner de relieve la vocación de los laicos a evangelizar. Como bien nos recordaba el papa Pablo VI, «la Iglesia existe para evangelizar» (Evangelii nuntiandi, 14).
La misión evangelizadora de la Iglesia no es responsabilidad exclusiva de los ministros ordenados ni de los religiosos, ya que el apostolado seglar ha de ser también un agente activo. De esta misión evangelizadora recibida del mismo Cristo, somos todos corresponsables: laicos, vida consagrada y ministros ordenados. En efecto, todos los bautizados, por el don recibido en el bautismo, somos enviados a ser testigos de Cristo en nuestro entorno: en la familia, en el trabajo, en las redes sociales… Los laicos son llamados a ser el perfume y la semilla que Cristo esparce por el mundo. Su testimonio es una forma decisiva e imprescindible de evangelización.
El Espíritu Santo transformó profundamente a los apóstoles. También hoy el Espíritu sigue abriendo puertas, tocando los corazones y renovando las comunidades. Cuando un laico acompaña a una familia en dificultades, cuando participa en una asociación o en un partido político, cuando sirve a los más pobres, cuando trabaja por la verdad y la justicia, cuando escucha a un vecino con problemas, cuando aconseja a una persona con dudas o cuando habla de la fe con humildad y coherencia, está evangelizando en el sentido más profundo.
La Jornada del Apostolado Seglar es una invitación a redescubrir la belleza de una Iglesia corresponsable. Una Iglesia donde cada uno tiene una misión concreta según la voluntad de Dios, pero donde también se comparte y se trabaja sinodalmente, donde caminamos juntos, sumando carismas y responsabilidades. La Iglesia crece cuando los laicos se sienten parte activa del proyecto de Dios y cuando las comunidades saben escuchar, acompañar y trabajar por el bien común. De hecho, así creció y se expandió la Iglesia de los primeros tiempos, como bien se recoge en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el que se resalta la vida fraterna de los primeros cristianos.
Fijaos lo que se decía de los cristianos del siglo II d.C. en la Carta a Diogneto:
Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres […] no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito. […] Siguen las costumbres de los habitantes del país […] sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable […]. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.
Queridos hermanos y hermanas, en Pentecostés, el Espíritu Santo no solo nos renueva, sino que nos da un corazón nuevo para convertirnos en «entusiastas que entusiasman». Y ese corazón es el que necesita hoy nuestro mundo: un corazón capaz de servir y de sembrar esperanza. Que esta Jornada nos ayude a renovar el compromiso de los laicos y a pedir, con fe, que el Espíritu siga haciendo de la Iglesia una casa abierta, acogedora y misionera.


