Fecha: 31 de mayo de 2026
Parece que las cosas dulces gustan bastante. A veces, sin embargo, hay gente que pregunta con mucha naturalidad: «¿Eres de dulce o de salado?». En su justa medida, obviamente, necesitamos ambos gustos. Ya hemos dicho que nuestras vidas necesitan un equilibrio constante. Somos partidarios del silencio y de la palabra, de leer y de escuchar, de ofrecer y de recibir, de reír y de llorar… Hoy quisiera adentrarme en la cuestión de las medidas y de las cantidades. El dicho es bien conocido: «Las mejores esencias vienen en frascos pequeños».
Esta reflexión sobre los volúmenes y las proporciones, entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser, entre lo que hacemos y lo que Dios hace, es tratada con frecuencia en los evangelios. Y que nadie lo dude: todo lo que dicen las Escrituras se cumple. No hay nada que pueda permanecer oculto. Todo se cumplirá. Si Dios ha prometido «el ciento por uno», así será.
Este dicho de hoy debemos enmarcarlo en el contexto de la reciente Asamblea diocesana que hemos vivido, del día de la fiesta de la Santísima Trinidad y de la jornada «Pro Orantibus», día en que rezamos por todos aquellos que, desde la opción de la vida contemplativa, rezan por la Iglesia, es decir, por nosotros. Este triple escenario debería ayudarnos a captar que la misión necesita, sí o sí, la oración. Gracias a ella podemos llegar a descubrir el valor de cada pequeño gesto, de cada brizna de esperanza, de cada aliento de vida. Los evangelios relatan en muchas ocasiones de qué manera Dios hace crecer y multiplica de forma exponencial el pequeño signo: una semilla que cae en tierra, cinco panes y dos peces, dos pequeñas monedas de cobre, un poco de sal y de luz, dar la mano… Es así: el Reino de Dios se dilata en el tiempo y en el espacio, crece, se extiende, se engrandece. El misionero valora los pequeños detalles de la vida. A partir de ellos, el Dios-Trinidad, que es Dios-Amor, hace los grandes milagros, aquellos que nos devuelven de nuevo a la comunidad de los resucitados. Debemos ser de quienes apreciamos el valor de los pequeños pasos, de los gestos sencillos, de las palabras dichas con el corazón. En definitiva, somos de quienes observamos siempre el vaso medio lleno, y no medio vacío.
El entusiasmo no es una manera irreal de percibir el mundo, sino que tiene mucho que ver con el cultivo de la oración. No somos cristianos hechos de manera instantánea, o en una cadena de producción, ni, mucho menos, productos diseñados en el laboratorio de una multinacional. Un cristiano se forja lentamente, y con un buen conjunto de detalles acumulados y condensados a fuego lento. Esto es importante: detectar el valor de las realidades pequeñas, acogerlas e integrarlas en el proyecto de salvación que Dios ha soñado para nosotros. Vamos paso a paso. Es importante no olvidarlo. Los grandes proyectos necesitan ser saboreados en sus detalles, del primero al último. En todos ellos hay una sabiduría escondida, una lección que hay que asumir.
Digámoslo claro: los elementos que parecen irrelevantes deben ser considerados en su justa medida. El recuerdo de diversos momentos cotidianos y sencillos nos hace bien. Admiro los testimonios de grandes cristianos que han aprendido a vivir el Evangelio a corta distancia, rodeados de todo tipo de situaciones y personas. Que nadie, por favor, se venga abajo. Vivir en cristiano es aceptar que nuestro corazón a veces parece medio vacío y a veces medio lleno. Somos de dulce y de salado. Todo en su justa medida. Ninguna derrota, ningún tropiezo de la vida es definitivo; siempre podemos levantar el vuelo. Ninguna victoria, ningún momento de alegría es eterno; siempre debemos seguir convirtiéndonos. No olvidéis nunca vuestro corazón y, sea como sea, recordad que Dios ha sembrado la bondad en vosotros.


