Fecha: 21 de junio de 2026

La concentración creciente de riqueza en manos de una minoría —los llamados «megarricos»— constituye uno de los fenómenos más significativos de la economía contemporánea. Lo trata ampliamente la encíclica Magnifica humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, del papa León XIV, publicada hace pocos días. Se trata de los nuevos «señores» de la economía digital. Son los nuevos magnates, oligarcas tecnológicos y multimillonarios, que acumulan poder económico, datos e influencia global, hasta el punto de influir en la opinión pública y en el control de los algoritmos, con un impacto directo sobre las condiciones y el trabajo humano.

Este proceso se produce en un contexto marcado por la finitud de los recursos naturales y por una crisis ecológica global, que cuestiona los fundamentos del modelo de crecimiento ilimitado. Desde una perspectiva eclesial, esta realidad no puede ser interpretada únicamente con categorías técnicas o económicas: exige una lectura moral y teológica, en fidelidad a la Doctrina Social de la Iglesia.

La tradición social católica parte de un principio fundamental: la economía está subordinada a la persona y al bien común. Ya desde la Rerum Novarum de León XIII, la Iglesia ha insistido en que los sistemas económicos deben respetar la dignidad humana y garantizar condiciones justas para todos. Esta intuición se desarrolla posteriormente con el principio del destino universal de los bienes: la creación ha sido dada por Dios a toda la humanidad y, por tanto, la propiedad privada —aunque legítima— está siempre gravada por una «hipoteca social». En un planeta de recursos limitados, esta afirmación adquiere una urgencia renovada: la acumulación extrema no es solo una desigualdad social, sino también una cuestión de justicia distributiva y ecológica.

El fenómeno de los megarricos pone de manifiesto una tensión estructural del sistema económico contemporáneo: la tendencia a considerar los recursos como ilimitados y los deseos humanos como infinitos. Es otra de las cuestiones de fondo planteadas por León XIV en su encíclica. Esta lógica ya había sido fuertemente criticada por el papa Francisco en la encíclica Laudato si’, donde denunciaba el paradigma tecnocrático que legitima la sobreexplotación de la naturaleza y una economía orientada exclusivamente al beneficio. Según esta visión, la concentración de riqueza no es un accidente, sino el fruto de un sistema que prioriza la acumulación por encima del bien común e ignora los límites ecológicos.

En este contexto, la Doctrina Social de la Iglesia propone una antropología alternativa. Como recordaba san Juan Pablo II en Laborem Exercens, el trabajo humano —y por tanto la persona— tiene primacía sobre el capital. Esta afirmación subvierte la lógica que sostiene la acumulación extrema: el capital no es un fin en sí mismo, sino un instrumento al servicio de la vida humana. Cuando el capital se concentra de manera desproporcionada, se corre el riesgo de que la persona quede subordinada a la economía, algo que la Doctrina Social considera moralmente inaceptable.

Vuestro,