Fecha: 5 de julio de 2026
Con entusiasmo —no lo dudo—, seguimos recordando los gestos y las palabras de la visita del santo Padre. Nos tocará recoger, no podía ser de otra manera, los frutos que irán llegando. No queremos, sin embargo, ser de los que piden inmediatez y celeridad. Todo llega cuando es el tiempo apropiado. Seamos conscientes de ello. Y haciendo referencia, una vez más, al tiempo, hoy rescatamos de la sabiduría popular aquel dicho veraniego que, en catalán, a todos nos invita a la vida: «a l’estiu, tota cuca viu», que viene a decir que en verano, todo cobra vida. El tiempo estival es una buena invitación para hacer aquellas cosas que teníamos pendientes, a veces en forma de viajes, de reposo, de lectura, de descanso, de visitas. Vivir es lo que realmente queremos. El misterio de la vida lo vamos desentrañando juntos, con aciertos y errores, pero es de esta manera: «viviendo», día tras día. Así descubrimos el valor y la belleza de este misterio que se nos ha dado.
El verano, asociado para muchos con las vacaciones, es un tiempo para aprovechar. Lo decimos sin rodeos: el final del período escolar da nuevas posibilidades y también algún dolor de cabeza. No lo negamos. Las familias tienen que reubicarse. La logística familiar es una «asignatura» que estos últimos años ha aparecido con fuerza. Con todo, queremos ser de los que aceptan siempre el misterio de la vida para vivirlo y disfrutarlo.
En el contexto misionero actual, sin embargo, quisiera hacer algunas consideraciones sobre la propuesta de vida que queremos ofrecer. Sabemos que una persona no vive más ni mejor, según el criterio de la cantidad de cosas que hace. Existen peligros contemporáneos.
Uno de estos que no deja vivir es la saturación del yo. Este peligro se manifiesta cuando se cree saberlo todo, tenerlo todo, controlarlo todo. Es imposible llevar una vida en estas condiciones y, menos aún, invitar a alguien a vivirla con serenidad. Otro de estos obstáculos cotidianos es la dispersión. Son muchos los aparatos que interfieren en nuestro proceso de maduración. Al final somos incapaces de permanecer en paz con el propio silencio. Permanecer en silencio da la posibilidad de vivir a fondo, considerando la presencia de Dios como alguien que habita la «soledad sonora» de la que hablaba san Juan de la Cruz. Un tercer elemento que distorsiona la vida es la existencia del miedo, y la incapacidad que genera el hecho de poder afrontarlo y superarlo. Y un cuarto elemento es la expansión de la cultura de la frivolidad, de la superficialidad, de la monotonía.
Así pues, «¿qué propuesta de vida ofrecer?». La misión no es un recetario de fórmulas ni sugerencias aleatorias provenientes de los evangelios. La invitación que nos hace Jesús tiene mucho que ver con la experiencia de apertura y, por tanto, de acogida. Esto es lo que queremos. Llenar nuestra existencia de relaciones que transformen los cierres, las rutinas y las desidias en oportunidades de crecimiento.
Ojalá que este tiempo estival, tan intenso y deseado, sobre todo por los jóvenes y los niños, sea para ellos una propuesta de vida. Que puedan crecer en su propia interioridad, en la aceptación del otro, en la amistad hacia Jesús, en la alegría que nace de la esperanza que Dios nos ofrece. Sin olvidar nunca el ritmo de cada persona. No podemos prescindir, ni marginar nunca a nadie de este deseo fuerte y real de querer vivir. No podemos cerrarnos nunca al diálogo con nadie. Todos somos aprendices de este misterio que es la vida. Ojalá, en su transcurso, la misión que nos toca llevar a cabo sea siempre para poder crecer en la satisfacción de vivir agradeciendo todo aquello que Dios nos da.


