Fecha: 6 de septiembre de 2026

Hemos vivido con impotencia un verano de incendios que no son solo una fatalidad ni un accidente estacional. Es cierto que fenómenos como El Niño pueden alterar las lluvias y las temperaturas, pero reducirlo todo a una coyuntura sería una forma cómoda de no escuchar el clamor de la tierra ni asumir la responsabilidad que corresponden a la ciudadanía, a los modelos productivos y a las administraciones públicas en la prevención, gestión y cuidado de los espacios naturales que han ardido. En Cataluña, el Servei Meteorològic constata que la temperatura aumenta de forma sostenida, especialmente en verano. El año 2025 fue una seria advertencia: 2.168 incendios de vegetación, un 62% más que el año anterior, más de 8.600 hectáreas quemadas y un verano entre los más cálidos registrados, con varios días consecutivos por encima de los 40 grados. Todo está conectado.

También nuestro entorno diocesano lo sufre. El Baix Llobregat, el Garraf, el Penedès, la Anoia y Montserrat son espacios de vida, viñedo, bosque, rieras, barrios y pueblos que se vuelven más vulnerables cuando se acumulan la sequía, el calor nocturno, el sotobosque seco y la presión urbanística. Cuando arde un bosque, no se pierde solo paisaje, se hiere la biodiversidad, se empobrece el suelo, se pone en riesgo la salud, el trabajo, la vivienda y la memoria compartida.

Todo está conectado. Por eso, la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, el 1 de septiembre, y el Tiempo de la Creación, hasta el 4 de octubre, no pueden ser una nota más en el calendario diocesano. El lema de 2026, «Agua viva», inspirado en Ezequiel 47, nos invita a dejar que la gracia de Dios sane lo que hemos secado. La conversión ecológica es volver a contemplar la Creación como un don y no como un botín; es pasar del consumo sin límites al cuidado responsable; es comprender que amar a Dios implica defender la vida humana y la del planeta.

Volvamos a leer Laudato si’. Invito a las comunidades a sumarse a la red diocesana de eco-parroquias. No se trata de un distintivo ideológico ni de una etiqueta verde, sino de un proceso comunitario que concreta la espiritualidad ecológica en la vida y la misión de las comunidades, cuidando toda vida humana y toda la Creación de Dios. Todo está conectado.