Fecha: 13 de septiembre de 2026

Estimados diocesanos,

La Sagrada Escritura recoge, como género literario, diversos sueños maravillosos. Quienes sueñan están llamados a la felicidad. No lo dudo. José, hijo de Jacob, el menor de doce hermanos, era designado por sus hermanos como «el soñador». Su relato nos habla, precisamente, de aquel que es capaz de realizar un profundo aprendizaje a lo largo de su vida. Desde la traición sufrida a manos de sus hermanos, pasando por el tiempo de crecimiento en la corte de Egipto, hasta llegar a la expresión del perdón y la misericordia hacia aquellos que lo alejaron de su familia. José, «el soñador», es una invitación a no perder nunca la esperanza.

No quisiera ahora invitaros a negar una evidencia tan grande como el sueño. Todos soñamos. Tampoco quisiera adentraros en el mundo de la interpretación de los sueños —arte muy atractivo para algunos—. Me gustaría que pudiéramos darnos cuenta de que estamos llamados a hacer realidad grandes sueños. Y, más grande que nuestros sueños, hay uno muy especial: me refiero al sueño de Dios, un mundo nuevo donde el Amor es nuestro pan de cada día. Quisiera recordar —antes de que siguierais leyendo— que Dios es Aquel para quien no hay imposibles.

Este sueño de Dios ha sido relatado en otras ocasiones. Me remito al sueño de Jacob, en el Antiguo Testamento, con el que se expresa esa relación real y fluida con Dios. Recuerdo también el sueño de José, que acepta a María como expresión de un amor renovado, consciente y fiel. Este es el sueño de Dios: un mundo reconstruido por la medicina del perdón.

Esto también tiene que ver con la Iglesia. Ella, madre y maestra de humanidad, nunca podrá ser la que está llamada a ser si olvida a Dios y su sueño. La Iglesia está llamada a soñar. Recuerdo que, cuando estudiaba en el seminario, el cardenal italiano Carlo Maria Martini, durante el Sínodo de los Obispos dedicado al continente europeo en el año 1999, rememorando las palabras del pastor Martin Luther King, defensor de los derechos de la población negra en los Estados Unidos, expresó su sueño para la Iglesia: más colegial y, por tanto, más fraterna; más juvenil, es decir, con un corazón predispuesto a vivir en el presente; y más dialogante, es decir, más misionera y menos encerrada en sí misma. En cualquier caso, este sueño vino precedido por una reflexión pública muy interesante, a través de unos escritos con el filósofo contemporáneo Umberto Eco, sobre la creencia de quienes afirman no creer. Esto viene al caso porque los sueños verdaderos nos impulsan hacia el futuro y, por tanto, a salir de nosotros mismos.

Una Iglesia que sueña, pues, es una Iglesia que se implica con todas sus fuerzas en hacer realidad la voluntad de Dios y, por tanto, sale de sí misma. De este modo se pretende que Dios, y solo Dios, ocupe el centro de lo que ella hace, dice y realiza. Recuerdo que nos remitimos a un sueño de Amor —solo de Amor—, porque Dios es Amor. Así de sencillo.

Amar es complejo porque muchas veces chocamos con nuestros límites. Amar nos pide abandonar cualquier clase de protagonismo.

San Juan Bosco, un firme testigo de la fe, vivió su misión inmerso en el sueño de Dios. A menudo trasladaba sus numerosos sueños personales en advertencias, pero también en recomendaciones y convicciones sobre Dios mismo. Una Iglesia que sueña es una Iglesia que espera con valentía que la presencia de Dios sea siempre transformadora. Creedme. El Amor para toda la humanidad transforma nuestras pequeñeces. Seamos los soñadores de Dios.

Con mi bendición y afecto,