Fecha: 20 de septiembre de 2026

Recogiendo los ecos de conversaciones de mucha gente en la calle y el ruido crispado en las redes sociales, pensaba lo rápido que habíamos pasado página a la visita del papa León XIV. Pienso que necesitamos y que necesitaremos mucho más, en los próximos meses y años, tirar de hemeroteca. Ejercitemos memoria y conciencias. Os invito a dejarnos interpelar por algunos de sus mensajes. La muestra de su sabiduría y verdad es que no pierden ni perderán actualidad:

«Si lo pensamos bien, en realidad, también los cristianos, en muchas ocasiones, se dejan contagiar por actitudes marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos que llevan a injustas generalizaciones y a conclusiones engañosas. El hecho de que el ejercicio de la caridad resulte despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial, me hace pensar que siempre es necesario volver a leer el Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana. No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico».

«Invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad».

«La paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para “desarmar el lenguaje”. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”.

«La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».

Termino con una frase más: «Jesús no nos pide que clasifiquemos nuestro amor por los demás».