Fecha: 27 de septiembre de 2026

Recuerdo con felicidad los abrazos que me regalaba mi abuela materna. Eran largos, llenos de fuerza, también de sueños, de felicidad, de esperanza y, sobre todo, llenos de Amor. Una Iglesia feliz sabe abrazar. Expresa cercanía y solidaridad. Quisiera subrayar el valor de un abrazo. No sé si sabré hacerlo. Hoy un gesto como este expresaría fácilmente que las distancias se pueden acortar. La Iglesia de Dios tiene muy presente el hecho de que debe ser cercana, especialmente a los más débiles. Alejarse de la humanidad es olvidar la propia identidad. La Iglesia debe tener muy presente quién ha sido quien la ha fundado: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Hay que decir que no siempre es fácil abrazar. La Iglesia, como cualquier persona, también tiene sus miedos. Con todo, un abrazo convencido nunca es algo hiriente, sino sencillamente una expresión visible de algo muy profundo y radical: la aceptación absoluta de aquel a quien se dirige el abrazo.

Así es. Una Iglesia, con voluntad real y sincera de estar al alcance de todos, abraza y se deja abrazar, especialmente por los más débiles y necesitados. Qué gozo reconocer en la Iglesia una verdadera aceptación de la realidad.

Quisiera recordar, a partir de los relatos bíblicos, dos momentos en los que se detecta este contacto entre Jesús y los demás. El primero, cuando Jesús resucitado evita el abrazo de María Magdalena para que no lo retenga. El segundo, cuando el Padre bueno recibe al hijo pequeño que se había marchado con la herencia recibida en vida. Hay, pues, abrazos que son expresión de un amor pequeño, posesivo, egoísta. Hay abrazos que expresan un amor reparador.

El papa Francisco recordó en una ocasión que Dios nos ofrecía dos grandes abrazos a lo largo de nuestra vida, a saber: el día de nuestro bautismo y el día de nuestro encuentro con Él en el cielo.

Una Iglesia feliz es la que abre sus brazos a toda la humanidad, tal como hizo Jesús en la cruz. Una Iglesia sencilla, pobre y humana no tiene otro deseo que hacerse servidora de la humanidad, herida muchas veces por el egoísmo. La felicidad tiene que ver con esta capacidad de reducir las distancias y, al mismo tiempo, de respetar la vida de todos. El equilibrio es complejo.

¿Podemos aprender más y mejor el lenguaje de la cercanía? Hay que aprender a abrazar y a dejarse abrazar, en tanto que sea expresión de un amor sencillo, veraz, no posesivo. Hay un camino —a mi parecer— que es el de la amistad. Un abrazo sincero, amistoso y liberador tiene mucho que ver con las cualidades «de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos» —como indicaba el papa León en su reciente visita a nuestra casa—. El Amor de Cristo —creedme— se transforma en gestos concretos que van transformando nuestra vida. Todo se va aprendiendo.

El abrazo del hermano, del amigo, del padre, de la madre, del enamorado… El abrazo de alguien a quien admiras y quieres es siempre esperado, deseado, pero el abrazo más importante de todos es el de quienes no pueden devolver nada más que eso: un abrazo. Estos son nuestros hermanos más necesitados. Los pobres han abrazado a Dios amando a la Iglesia —¡lo he visto con mis propios ojos!—, incluso cuando esta no ha sido cercana. Y es que cualquier abrazo revestido del don de la fe, es decir, de la confianza entre quien da el abrazo y quien lo recibe, es camino hacia la felicidad.