Fecha: 4 de octubre de 2026
Cada 4 de octubre, la Iglesia fija su mirada en san Francisco de Asís, una de las figuras más luminosas de la historia del cristianismo. Su vida continúa cautivando porque demuestra que el Evangelio, cuando es acogido sin reservas, transforma profundamente el corazón humano y se convierte en una fuerza capaz de renovar la sociedad. Francisco no quiso ser un héroe ni un reformador. Quiso ser, sencillamente, discípulo de Jesucristo. Al escuchar las palabras del Evangelio: «Id y anunciad el Reino», comprendió que el Señor lo llamaba a vivir en pobreza, humildad y fraternidad. Su conversión no consistió solamente en abandonar las riquezas materiales, sino, sobre todo, en dejar que Cristo ocupara el centro de toda su existencia. Y, con este espíritu, reformó la Iglesia.
La pobreza franciscana es profundamente teológica. Nace de la contemplación de Cristo, que «siendo rico, se hizo pobre por nosotros» (cf. 2 Co 8,9). Por ello, Francisco no desprecia los bienes creados; los contempla como un don del Padre. Su Cántico de las criaturas es una confesión de fe en Dios creador, una invitación a descubrir que toda la creación es una gran familia llamada a alabar al Señor. Esta mirada explica también su amor a los pobres, a los enfermos y a los excluidos. Cuando abraza al leproso, Francisco no realiza un simple gesto humanitario: reconoce en él el rostro mismo de Cristo. El amor a los pobres no es una opción accesoria de la vida cristiana; es una consecuencia directa del Evangelio. Solo quien ha experimentado la misericordia de Dios es capaz de convertirse en instrumento de misericordia.
El Año Santo Franciscano, con motivo del octavo centenario de su muerte, es una providencial invitación a volver a las fuentes del Evangelio. El papa León XIV ha querido que este año jubilar sea «un tiempo en el que todos los fieles sean invitados a seguir el ejemplo del santo de Asís, convirtiéndose en modelos de santidad de vida y testigos constantes de la paz». El Papa recuerda que el primer saludo de san Francisco era: «Que el Señor os dé la paz», y añade que esta paz «es la suma de todos los dones de Dios» y que no es fruto únicamente de los esfuerzos humanos, sino un don que es preciso acoger y vivir cada día.
Estas palabras resuenan con especial fuerza en nuestro tiempo. Todos deseamos la paz, pero la paz auténtica solo puede arraigar en un corazón reconciliado con Dios. Francisco nos enseña que la fraternidad no nace de una simple estrategia social, sino de reconocer que todos tenemos un único Padre. Cuando Dios ocupa el centro, desaparecen las rivalidades, los intereses egoístas y la tentación de convertir al otro en un adversario.
El Año Santo Franciscano es también una invitación a redescubrir la alegría de la sencillez. En una cultura que a menudo identifica la felicidad con el consumo, el éxito o el poder, Francisco proclama con su vida que la verdadera riqueza es Cristo. La libertad interior que nace del desprendimiento permite amar sin calcular, compartir sin miedo y vivir con esperanza.
Vuestro,


