Fecha: 25 de octubre de 2026
Vivimos en una sociedad exhibicionista. Las redes sociales nos invitan a mostrar dónde estamos, qué hacemos, qué comemos, qué pensamos e incluso cómo nos sentimos. Muchas expresiones musicales y audiovisuales hacen de la intimidad un espectáculo. Hasta la creativa Rosalía instaló en el escenario un confesionario.
Detrás de esta compulsiva necesidad de expresarnos, muchas veces late un deseo legítimo de ser vistos, escuchados y queridos. Exponemos y explotamos nuestra imagen, pero descuidamos la arquitectura de nuestro ser profundo, la paz del alma. Ser humanos nos hace convivir con un sentimiento llamado culpa. Dicen los psicólogos que hay una culpa sana (adaptativa), que funciona como una brújula interna. Es el remordimiento que nos avisa cuando hemos cometido un error real, impulsándonos a pedir perdón (a Dios y a los otros en el caso de los creyentes), y motivándonos a reparar el daño o cambiar nuestra conducta en el futuro.
En este contexto, los católicos podemos y debemos acudir al sacramento del perdón. Sería un error pensar que es algo trasnochado.
En el sacramento, la confesión convierte la intimidad en un ámbito sagrado de confidencialidad, respeto y olvido, donde nombrar verdades, errores, inmadureces o pecados, sin temor a ser juzgados o quedar atrapados por ellos. Solo hay algo tan liberador como escuchar decir «yo te perdono» y es oír decir «yo te querré siempre».
Todos necesitamos la misericordia de Dios. El del perdón es un sacramento de curación. Tan bello y desarmado como la humildad que lo hace posible. Regala paz y serenidad de conciencia, consuelo espiritual y fortaleza para retomar la vida cotidiana con su mundo de relaciones. No lo confundimos con el acompañamiento espiritual ni con la terapia psicológica, que pertenecen a otros ámbitos.
Redescubramos las bondades del sacramento del perdón y hagámoslo accesible en la vida cotidiana. Invito a los sacerdotes a revisar los horarios, los espacios, la ambientación, la motivación y la acogida. Ofrezcamos una escucha sacramental exquisita, paciente y compasiva, capaz de hacer de cada confesión una experiencia liberadora y gratuita. Tratando a quien llega como quisiéramos ser tratados.


