Fecha: 1 de noviembre de 2026
Los cristianos comenzamos el mes de noviembre con dos celebraciones que son como dos caras de la misma moneda. Ambas tienen presente el misterio de la muerte y de la vida eterna desde aspectos distintos. El primer día de este mes, en la solemnidad de Todos los Santos, recordamos a todos aquellos que respondieron con generosidad a la llamada de Dios y ya gozan de la vida eterna. Aunque a muchos de ellos no los conocemos, su testimonio es como una estrella que brilla con fuerza y nos guía en el camino que lleva a la santidad. Sus nombres ya están inscritos en el “libro de la vida” (Ap 20,12).
El dos de noviembre celebramos la Conmemoración de todos los fieles difuntos. Este día tenemos presentes a quienes han partido de este mundo y “duermen ya el sueño de la paz” (Plegaria Eucarística I). Todos ellos están llamados a gozar de la gloria eterna junto a Dios.
La muerte es una realidad triste y dolorosa, que nos abruma y nos causa miedo. Para muchos morir es un salto a la nada. Sin embargo, para los cristianos, la muerte no es el final. Hoy os propongo que meditemos sobre algunas imágenes que nos pueden ayudar a cruzar el camino que lleva a la otra vida con esperanza.
El evangelista Lucas nos describe con detalle a un mendigo llamado Lázaro, que vivía en un portal y tenía el cuerpo cubierto de llagas. El evangelista nos dice que cuando el mendigo murió, fue llevado al cielo por los ángeles (cf. Lc 16,22). Este relato fue recogido por la liturgia. Así, uno de los cantos más conocidos de las misas exequiales es “Al paraíso te conduzcan los ángeles”. Ciertamente, los cristianos creemos que cuando cruzamos el umbral de la muerte no estamos jamás solos. Dios siempre nos acompaña, nos espera con los brazos abiertos y nos regala a los ángeles custodios para que nos ayuden a cruzar con confianza el umbral de la puerta a la nueva existencia.
También podemos meditar sobre una imagen artística bien conocida. Me refiero a La Piedad de Miguel Ángel. La Piedad representa a la Virgen María que tiene en su regazo el cuerpo sin vida de Jesucristo. Esta imagen nos recuerda que, al morir, no caemos en un abismo, frío y oscuro. Jesús nos ha dado a una madre que nos acoge y a la que podemos decir: “Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Ella está siempre atenta y disponible para recibirnos en el cielo.
La tercera imagen es la de una casa con muchas estancias. Jesús, cuando habla de su muerte, nos dice que va a la casa del Padre. Se trata de una casa donde Cristo nos preparará con amor un lugar donde viviremos para siempre. Cristo nos lo asegura con estas palabras: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá” (Jn 11,25).
Queridos hermanos y hermanas, oremos por todas las personas que se encuentran en los últimos momentos de su vida; que jamás mueran solos, sino que siempre encuentren el apoyo de la comunidad cristiana. Oremos también, por intercesión de todos los santos, por nuestros hermanos difuntos para que puedan gozar de los bienes eternos del cielo. Que María, estrella de la esperanza, nos acompañe en el camino que lleva al cielo. Y a ella decimos: “muéstranos a Jesús fruto bendito de tu vientre”.


