Fecha: 1 de noviembre de 2026
Los zombis se han convertido en una especie de icono de nuestro tiempo. Llenan series, películas y videojuegos. Representan al ser humano que siente que todo se descompone a su alrededor. Reflejan una sociedad corrompida en sus valores y relaciones, donde la competitividad y la economía devoran a las personas. Los zombis vagan sin rumbo, son agresivos, no tienen alma, solo hambre de carne humana. No piensan, no viven, pero amenazan la vida de los seres humanos.
Quizás estos personajes muestran sociedades decadentes, donde existen poderes fácticos que lo controlan todo e impiden pensar, actuar por uno mismo y forjarse el propio destino. Expresan el desencanto y el miedo, la ambición que devora familias enteras y la inclinación violenta que habita en cada uno.
La zombificación sociopolítica es un proceso de alienación en el que los ciudadanos pierden su pensamiento crítico y actúan de forma automatizada debido al consumismo y a la hiperconexión digital. Transforma a la población en una masa pasiva que facilita la manipulación mediática y el control por parte de las estructuras de poder. Entonces, el movimiento deja de remover conciencias y comienza a arrastrar multitudes.
También existen colonizaciones ideológicas que llegan disfrazadas de evidencias indiscutibles. Entran en el lenguaje, cambian el significado de las palabras y acaban haciendo impensable aquello que no encaja en el relato dominante. Y cierta política, en lugar de convocar a ciudadanos responsables, prefiere fabricar seguidores enfadados: personas movilizadas contra alguien, alimentadas con eslóganes, enemigos y promesas imposibles.
Frente a esta posible zombificación, la Iglesia, desde Jesucristo, propone la santificación. Los santos son los más vivos entre los vivientes. No son seres desconectados del mundo, sino mujeres y hombres transformados por la gracia, que no se dejan dominar por el miedo, el odio o la ambición. Han aprendido de Jesucristo a mirar a cada persona como un rostro que interpela.
Santificarse es recuperar el alma, ordenar los deseos y dejar que Dios transfigure nuestra manera de vivir. Es la forma más clara de resistencia y de vida. Nunca seremos más auténticamente humanos que cuando organicemos nuestra vida gravitando alrededor del amor de Dios. Aspirar a la santidad, no confundir con la perfección, es nuestra meta.


