Fecha: 8 de noviembre de 2026
«Dios te ama tal y como eres, pero te sueña mejor». Éstas son palabras del Papa León en el Centro Penitenciario de Can Brians, en su reciente visita a nuestra tierra. Una frase inspirada en San Agustín que nos recuerda que para Dios todos y cada uno de nosotros somos importantes, que Él cuenta con nosotros, porque nos ama infinitamente y nos quiere la mejor versión de nosotros mismos, aquella que Él ha soñado para nosotros desde siempre y que ha empezado a hacerse realidad en nuestro bautismo.
Porque ha sido en el bautismo que hemos recibido la vocación a la santidad y al apostolado. Ser hijos e hijas de Dios es una gracia especial que hemos recibido sin ningún mérito por nuestra parte, es un regalo que orienta nuestra existencia y nos guía en nuestras decisiones y actuaciones. Nuestro camino a la tierra es desarrollar este regalo que hemos recibido, vivir como hijos de Dios y hermanos unos de otros y compartir y transmitir el amor de Dios a todos los hombres, hermanos nuestros. En ese camino cada uno respondemos a Dios en la vocación propia, ya sea como sacerdotes, o como religiosos, o como familias, como laicos comprometidos en el mundo en la Iglesia. Pero a todos nos une el mismo Dios y la misión de anunciar el evangelio y ayudar en la construcción de la ciudad terrenal según los designios de Dios, edificando su Reino.
Precisamente porque Dios cuenta con cada uno de nosotros, la Iglesia, continuadora de la obra de Jesucristo en el mundo, cuenta con nuestro compromiso evangelizador a través de las parroquias, los centros de formación, desde el compromiso de los movimientos apostólicos y de tantas instituciones eclesiales. Un compromiso que supone la implicación en la vida social y cultural, en el mundo del trabajo y de la Universidad y en todos los ámbitos de la vida humana, sin olvidar la atención a los más débiles y necesitados, los predilectos de Dios. Participamos de la misión de la Iglesia desde la vocación que cada uno hemos recibido y allá donde nos encontramos somos presencia de Dios y de su Iglesia, rostro de Dios, signo de esperanza por la humanidad.
Pero este compromiso evangelizador implica también nuestra colaboración en el sostenimiento y mantenimiento de las obras de la Iglesia, en la promoción de la vida humana tal y como Dios la ha pensado, desde su concepción hasta su fin natural aquí en la tierra, y por eso nos son necesarias las ayudas materiales para impulsar la la implantación de su Reino en el mundo.
Hoy celebramos el día de la Iglesia diocesana y la Campaña de “Germanor”, que nos debe ayudar a sentirnos miembros de la gran familia de los hijos de Dios, una familia en la que todos los miembros nos sentimos solidarios de lo que nos afecta a todos. Y por eso hacemos las colectas en todas las parroquias e iglesias por el sostenimiento de la Iglesia en este mundo. Porque Dios cuenta con cada uno de nosotros, es verdad, pero nos sueña en plural, en comunidad, en una familia cada vez más grande.
Hoy, pues, es un día para agradecer a Dios todo lo que hemos recibido de Él, especialmente a través de la Iglesia, para que cuente con nosotros, pero también es una jornada para sentirnos corresponsables de la vida y el crecimiento de su Iglesia. Una jornada que no se agota en este día, sino que debemos vivirla todos los días del año. Agradezco todo el esfuerzo que hagáis y seguiréis haciendo para que la vida de la Iglesia amplie sus horizontes y llegue a más hermanos y hermanas para que conozcan que Dios les ama y sueña un mundo mejor para todos, aquí en la tierra y en el porvenir.


