Fecha: 8 de noviembre de 2026

Queridos amigos y amigas:

Toda vocación nace de una llamada, pero la Iglesia necesita una comunidad que rece para que esa voz sea escuchada. Hay voces que solo se reconocen en el silencio, caminos que se descubren cuando dejamos de correr y respuestas que nacen cuando aprendemos a ponernos de rodillas. Estamos llamados a servir. Y, para hacer vida ese servicio, necesitamos adentrarnos en la quietud, levantar los ojos hacia el Padre y pedirle que nuestros sueños —si son también los Suyos— encuentren un sendero por el que hacerse realidad.

El pasado 5 de noviembre, celebramos en nuestra diócesis la Cadena de Oración por las Vocaciones que, durante este mes, une a las diez diócesis con sede en Cataluña. También los días 15 y 25 volveremos a tener esta responsabilidad de poner ante el Señor el futuro de su Iglesia. El papa Francisco, en su mensaje para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones de 2025, recordaba que «la vocación es un don precioso que Dios siembra en el corazón» y una llamada a salir de nosotros mismos «para emprender un camino de amor y servicio». Y añadía que cada vocación —laical, al ministerio ordenado o a la vida consagrada— es «un signo de la esperanza que Dios pone en el mundo y en cada uno de sus hijos». Así, toda vocación contiene una pequeña revelación del amor de Dios: alguien que se atreve a entregar su vida para que la vida de otros pueda crecer.

Sin embargo, rezar por las vocaciones no puede quedar reducido a unos días señalados en nuestras agendas. Es una tarea de todos y para todos. Podemos hacerlo juntos en nuestras parroquias, ante el Santísimo, en la Eucaristía, rezando el Rosario o, sencillamente, ofreciendo una oración escondida, un sacrificio o un acto de caridad. Ninguna oración pronunciada con fe se pierde, porque Dios recoge incluso las palabras que nosotros creemos insignificantes y las guarda en el corazón de su Iglesia. Recemos por los matrimonios que se hacen una sola carne, por los sacerdotes llamados a entregar la vida por su pueblo y por quienes sienten la llamada a la vida consagrada y hacen, de la totalidad de su existencia, una ofrenda. Recemos por los misioneros que cruzan mares y fronteras para llevar el Evangelio donde todavía anidan el barro, la penuria y la soledad; por tantos laicos que, en medio del mundo, hacen de su profesión, su compromiso y su servicio una manera concreta de anunciar a Cristo. Son caminos distintos, pero todos llevan al mismo lugar: a una vida que deja de pertenecerse por entero para convertirse en puro don.

Y si alguna vez nos preguntamos por qué necesitamos rezar por las vocaciones, basta con mirar a Jesús. No hubo en su vida un solo gesto que no estuviera traspasado por la oración: en la brisa, en la palabra o en el lamento. Así, toda vocación guarda un mensaje: Dios sigue confiando en sus hijos, y por eso nos llama. Tal vez, alguna de esas llamadas esté naciendo ahora mismo, mientras alguien, en algún lugar, reza por ti, sin saber siquiera tu nombre…