Fecha: 8 de noviembre de 2026

Todos hemos jugado, especialmente de pequeños. De hecho, cuando teníamos pocos años, dejábamos volar la imaginación para jugar. A veces éramos héroes y otras veces astronautas… Pero eso no tenía demasiada importancia; lo decisivo era que teníamos que ganar. Lo dábamos todo; nadie quería quedar en segundo lugar. A veces, también hay que decirlo, algunos juegos eran tan competitivos que se convertían en «luchas», y estas acababan mal porque la rivalidad iba en aumento. Eso de «jugar luchando» es propio de la condición infantil. Con todo, está claro que todo ser vivo intenta luchar por aquello que quiere. Y estas luchas no son un juego.

Si la Iglesia quiere ser feliz, sabe que debe luchar a favor del Reino de Dios, desde la paz. Agradezco la lucha de los voluntarios de diversas entidades diocesanas que se sitúan al lado de los más necesitados. Este es nuestro lugar y nuestra lucha: estar al lado de los más débiles. Es una lucha dura, pero feliz. Quienes dedican su tiempo a favor de los demás —además de agradecer la existencia de tantos voluntarios y voluntarias, pido que puedan crecer en número— son grandes luchadores, porque no piensan en sí mismos, sino en los demás. Esto es signo de nobleza, pero también de valentía y de esperanza. La victoria de los pobres, que es la de Dios, llegará.

La Iglesia diocesana, en nuestro caso, la de Lleida, quiere alcanzar esta victoria, que no es otra cosa que una comunión viva y vivificante.

La vida de Jesús fue también una lucha —sin violencia, obviamente—. Él pedía que la hipocresía quedara completamente erradicada del corazón de las personas; aspiraba a que la gente se diera cuenta de que Dios está cerca de la sinceridad; soñaba en voz alta y expresaba con rotundidad la fuerza del perdón; entendía que la oración era el camino para librar las mejores batallas contra el enemigo —que adopta formas tan variadas como, por ejemplo, la rutina, el desencanto y la tristeza—.

Nuestro plan pastoral quiere ser un referente para alcanzar esa fuerza necesaria que nos predisponga a luchar a favor del Reino. En este plan se expresa la importancia de la «parroquialización». No se trata de armarnos institucionalmente, de tal manera que seamos extraños en este mundo que nos toca vivir. Se trata de luchar por renovar nuestras parroquias y hacer que sean expresión verdadera de la propuesta y la victoria de Jesús: ser una comunidad que vive la comunión y en comunión, con Dios y con los hermanos. Esto tendrá lugar gracias a la predisposición de cada creyente, pero también —permitídmelo— gracias a los retiros diocesanos que se propondrán durante los próximos meses en nuestra diócesis. La apuesta es fuerte. Es necesario que lo sea.

Feliz la Iglesia que lucha desde la fe, desde la paz y desde la esperanza. Para nosotros, la lucha no es algo que deba remitirnos a una situación de vencedores y vencidos. Dios nos llama a todos, y la lucha, que habrá que llevar a cabo en diferentes frentes, debe tener siempre un horizonte: la comunión. Integrar a todos: esta es la verdadera lucha.

Hagámonos fuertes gracias a una vida sacramental vivida con espíritu de conversión; con una formación esmerada que no nos aleje de la realidad; con una oración cotidiana que favorezca siempre la pertenencia eclesial; con una disposición generosa para ser misioneros allí donde transcurre nuestra vida. Y recordad: la victoria de Dios, que es comunión con Él y es paz, está llegando.