Fecha: 22 de marzo de 2026

La misión pide astucia, valentía, pero también paciencia y prudencia. En fin, que hace falta «andar con pies de plomo». Mi padrino me lo había dicho en más de una ocasión: «para cazar conejos no hace falta tocar tambores». Más claro, el agua. Nuestro mundo reclama a menudo astucia y sigilo, pero somos nosotros quienes no siempre estamos a la altura. Hacemos ruido y alteramos nuestra paz más inmediata.

El dicho de hoy, sin embargo, no quisiera que sonara a una llamada de alerta. De ninguna manera. Los reproches no ayudan a avanzar. Se parecen a dardos envenenados que agrandan la herida. La vida cristiana, y en el campo de la misión aún más, debe ser una expresión clara de salud, de esperanza, de vida. Recuerdo una vez más que vivir cristianamente es posible. La fe cristiana es vivible —esto sí que es forzar el lenguaje—. Con este dicho, pues, me gustaría hacer referencia a la densidad de la vida cristiana, no como un hueso duro de roer, sino como un planteamiento de vida coherente, consistente y consciente. Ser cristiano no es cuestión de un momento puntual, sino que se trata de un planteamiento global de la propia existencia. En este sentido, los cristianos queremos vivir poniendo los cinco sentidos en todo aquello que llevamos entre manos. Queremos dejar una buena huella allí donde estamos para indicar, anunciar y compartir la alegría que vivimos: somos amados por Dios. Y es que el amor es la mejor medicina que podemos tomar para recorrer el camino de la vida.

Me viene ahora a la mente aquella interpretación del profeta Daniel —el del Antiguo Testamento— ante una estatua que tenía la cabeza de oro, los brazos de plata, el vientre de bronce, las piernas de hierro y los pies de barro. El texto sagrado dice que Daniel habló «con tacto y prudencia» para dar razón de lo que a veces nos pasa y no debería pasarnos. Todos tenemos grandes propósitos, grandes intuiciones y grandes ideas que no sabemos concretar suficientemente. Es difícil aterrizar. A menudo nos quedamos demasiado elevados en un mundo irreal. No podemos ser de los que, en nuestra misión, vamos diciendo qué es lo que hay que hacer y no hacerlo.

La cuaresma nos invita a centrar nuestra vida en Dios. No dejemos pasar de largo esta invitación. «Andar con pies de plomo» querrá decir ser de los que sabemos qué hacemos, qué decimos y qué proponemos. Y mirad, en el caso de que podamos equivocarnos —porque eso sucede—, tenemos el gran don del perdón. El sacramento de la reconciliación nos permite recomenzar el camino, fortalecer la fe, salvaguardar la esperanza y disfrutar más profundamente del Amor de Dios.

Me viene a la mente el personaje de una película de Martin Scorsese, Silencio, que pedía a menudo vivir el sacramento del perdón. En la trama de la narración, el perdón siempre era concedido; la pena era que aquel personaje no disfrutaba de la gravedad ni de la fuerza del perdón. El tiempo cuaresmal, y de hecho la vida cristiana, es gracia, es Amor. Hagámonos conscientes del peso y de la densidad del perdón que pedimos, que recibimos y que queremos conservar. Es cierto que somos débiles, pero ni estamos divididos en secciones como la estatua soñada que interpretó el profeta Daniel, ni somos hombres y mujeres de una sola pieza, como si fuéramos realidades uniformes. Siempre necesitamos buscar un equilibrio. Necesitamos, pues, el perdón, que es expresión sublime del Amor, para encontrar este balance interior.

«Andar con pies de plomo» es dar testimonio del Amor, del perdón, de la esperanza que recibimos de parte de Aquel que no hace otra cosa que amar porque es Amor, solo Amor. La misión necesita saborear siempre la reconciliación como una lección divina llena de humanidad. Que nunca nos falte la gracia de ser testigos firmes del Amor.