Fecha: 5 de abril de 2026
Hoy nos levantamos llenos de una luz nueva. Como cada año, la Iglesia nos invita a centrarnos en la Pascua del Señor, núcleo, fundamento y sentido de la verdadera fe cristiana.
Cuando al alba del domingo de Pascua, las mujeres salen a ungir al Maestro, el sepulcro abierto —testigo de su cuerpo herido y muerto— se convierte en invitación a entrar en el misterio. Ellas dejan atrás los sentimientos de impotencia y de absurdo, y aprenden a mirar más allá de sí mismas. Solo así se convierten en depositarias del anuncio angélico: «No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho» (Mt 28,6).
Las mujeres encarnan aquella actitud que nos pide San Pablo: «Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.» (Col 3,1-2). Poner el corazón en las cosas de la tierra nos obliga a vivir encorvados, pendientes de nuestras circunstancias y de nuestros sentimientos, atrapados por tantas preocupaciones que imantan nuestra mirada hacia abajo. Y entonces nos mostramos desencantados y monótonos, impedidos para ser testigos de la novedad pascual. Como nos decía el Papa León XIV en la Audiencia a los seminaristas de nuestras diócesis catalanas: «Lo antinatural no es solo aquello que escandaliza; basta con vivir prescindiendo de Dios en el día a día, dejándolo al margen de los criterios y de las decisiones con las que se afronta la existencia» (Audiencia del 28-II-2026).
Poner la mirada en el cielo, en cambio, nos permite descubrirlo todo y a todos desde la profundidad del designio de Dios. Se trata de aventurarnos a sentir y pensar solo desde su mirada limpia y amorosa. Las llagas de la pasión permanecen intactas, pero en ellas se revela el inmenso poder del amor divino. La cruz no es negada, pero sí transfigurada. Por eso, en la luz de Pascua comprendemos que el amor es más fuerte que la muerte, que el perdón es más poderoso que el odio, que la vida tiene la última palabra.
Esta mirada contemplativa, lejos de evadirnos y espiritualizarnos, reclama que descubramos las riquezas insondables de la humanidad de Jesús. Nos damos cuenta de que su sabiduría es luz que ilumina en la oscuridad, que vale la pena seguirlo e imitarlo hasta las últimas consecuencias.
En nuestra archidiócesis de Tarragona hemos vivido estos días las valiosas manifestaciones populares en las procesiones de Semana Santa. Ahora, sin embargo, a lo largo de este tiempo pascual, salgamos a la calle nosotros mismos, y con nuestros gestos y nuestras palabras evangélicas, expresemos el rostro de Cristo resucitado.
Hermanos y hermanas, este es nuestro camino y nuestro testimonio. ¡Feliz tiempo pascual!


