Fecha: 8 de marzo de 2026
Estimados amigos y amigas:
En medio de este tiempo de escucha y conversión, nuestra diócesis está viviendo durante este fin de semana un retiro diocesano de Cuaresma. Son días de quietud y hondura espiritual en los que un grupo de fieles laicos ha decidido detener el ritmo de su vida cotidiana para ponerse, con sencillez y verdad, ante el Señor.
En una cultura marcada por la prisa, la saturación y el ruido constante, parar se convierte casi en un acto profético. Es una invitación a reorientar el corazón, a volver a la fuente, a dejar que Dios vuelva a ocupar el centro. La Cuaresma es, precisamente, ese hogar seguro donde la Iglesia nos toma de la mano y nos conduce al desierto, allí donde todo se desnuda y la voz de Dios puede ser escuchada sin interferencias.
Estos seglares han parado sus relojes, han hecho silencio en sus agendas y han ofrecido su tiempo al Señor. Han venido no solo a escucharse a sí mismos, sino a discernir la voluntad del Padre para sus vidas y, con ello, para el corazón de la Iglesia. Y qué importante es eso, porque cuando alguien se deja tocar por el Señor en lo hondo de su ser, toda la comunidad se ve rozada por su manto. Qué necesario es parar cuando la tempestad arrecia y sentimos que la barca se hunde mar adentro, cuando la soledad nos cerca y parece robarnos el sentido, cuando un problema nos angustia y la fe se sostiene de puntillas, cuando la enfermedad nos visita y el miedo aprieta con fuerza nuestro pecho… El Señor, una y otra vez, nos lo dice con ternura: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco» (Mc 6,31).
A veces, buscamos a Dios en la fuerza del huracán, en el terremoto o en medio del fuego; y, sin embargo, Él se hace presente en el susurro de una brisa suave (cf. 1Re 19,12), en la quietud acogida, en el sosiego que no huye del dolor. Y cuando por fin detenemos el paso, descubrimos que no estamos solos, que Él nos estaba esperando. Este retiro es un signo luminoso de lo que la Cuaresma quiere obrar en nosotros: un corazón disponible, una escucha humilde, una fe que se deja purificar. Porque dedicar tiempo al Señor no nos aleja de la vida, sino que nos la devuelve transfigurada.
Confía, pues la voluntad de Dios te conduce siempre hacia la verdad más honda de tu corazón. Detente a escuchar, porque al final —incluso cuando no lo entiendes— el amor de Dios siempre rema a tu favor y nunca en tu contra. Y ama, para que, desde lo más hondo del espíritu, puedas decir cada día como el profeta Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1Sam 3,10).


