Fecha: 8 de marzo de 2026

La misión siempre va a destiempo —me explico—, no todo llega cuando uno quiere, no todo sucede de manera milimétrica. Los ritmos internos de la misión son inesperados. Aquello que preveíamos que debía pasar en un momento determinado sucede «cuando Dios quiera». Este es el dicho que me gustaría que nos ayudara a hacer una lectura positiva de la misión. Algunos creen que, como es lógicamente una hora imprecisa, tal cosa o tal otra no sucederá nunca. No lo pienso así. Justamente se trata de lo contrario. Si nos introducimos de lleno en la misión, nos damos cuenta de que suceden cosas inesperadas y de que siempre se nos abren caminos nuevos para la evangelización. Es el Espíritu Santo quien lo hace. Es Él quien nos ofrece nuevas posibilidades para que nuestro encuentro con Jesús sea una realidad cotidiana. Sea la hora que sea. Obviamente.

Esta es la interpretación que debemos generar hoy. No como una medida que contrarreste el malestar ambiental que a menudo puede rodearnos, sino por la convicción que nos ofrece Jesús: «yo soy el camino, la verdad y la vida». Efectivamente, hablando del tiempo arrítmico de la misión, debemos recordar siempre que Jesús es Señor de la historia, dueño del tiempo. Él es quien vino, quien viene y quien vendrá; Él es pasado, presente y futuro; Él es el «ya sí, pero el todavía no». Todo gira en torno a Jesús, porque en Él la misión recupera todo su sentido. En Él encontramos el testimonio de lo que significa acompañar siempre, el maestro que nos guía por los senderos de la vida interior, quien nos anima a no desfallecer nunca y a proponernos una vida sin medida, el amigo que siempre tiene una palabra y un gesto para que podamos crecer, el amigo que consolida nuestros vínculos en el marco de la comunión, el profeta que ha entregado su vida para que superemos los conflictos con el diálogo y nos enfoquemos en construir un mundo en paz. Jesucristo, el Hijo de Dios, es el centro de nuestra vida, personal y comunitaria, y lo es en forma de invitación, para que seamos, libremente, de los que nos identifiquemos más en Él. De eso trata la Cuaresma, de identificación.

Tradicionalmente hemos hablado de conversión. Pues eso. A todos nos corresponde hacer este giro copernicano en nuestras vidas. Adoptar de una vez por todas los criterios de Jesús. Integrar de manera habitual las opciones en favor del Reino.

El programa es bien audaz, el camino bien conocido: «limosna, ayuno y oración». Todo para situarnos de nuevo en el buen camino que nos lleve hacia Dios, el Padre bueno que nos espera a todos con los brazos bien abiertos. Hay que insistir de nuevo, aunque ya lo hayamos oído mil veces: Dios es Amor y no hace nada más que amar. La Cuaresma nos invita a considerar la buena oportunidad de vivir según el Amor. Será, pues, la Cuaresma un buen momento para no vivir de manera superficial, sino un buen tiempo para respirar hondo y descubrir qué es importante y qué no lo es. Jesús camina a nuestro lado. Su Espíritu va delante de nosotros. Dios Padre espera pacientemente, observa misericordiosamente y confía plenamente. Y lo hace teniendo los ojos fijos en nosotros, no para teledirigir nuestra vida, sino respetándola y amándola, para que nosotros podamos hacer el camino hacia Él.

Estoy más que convencido de que durante esta Cuaresma hay muchas cosas que se remueven y se removerán en nuestro interior. Todo llega a su tiempo oportuno, ni antes ni después. Confío. Sea cuando sea, incluso «cuando Dios quiera».