Fecha: 22 de febrero de 2026
Estimados amigos y amigas:
Comenzamos a recorrer, un año más, el apasionante camino de la Cuaresma. Y lo hacemos unidos, corazón a corazón, como Pueblo de Dios llamado a una conversión sinodal: para escucharnos unos a otros y dejarnos guiar por el soplo del Espíritu que nos encauza hacia una senda de plenitud que encuentra su meta en el corazón de Cristo Jesús. La Cuaresma es un tiempo de regreso, de volver la mirada a Dios. Es la vuelta al primer amor, a la voz primera que dio su vida por nosotros, a ese primer anuncio que un día entretejió los flecos más sencillos de nuestra fe.
Este primer domingo de Cuaresma remueve del camino los restos de barro, piedra y polvo que hemos ido acumulando durante este tiempo, para recordarnos que hemos de regresar a Dios para amar más y mejor. Pero nunca a solas ni por nuestra cuenta, sino en comunión, dejándonos quemar por el fuego abrasador que incendia nuestra fe, con la mirada abierta a cada detalle que nos introduce en el desierto junto al Señor.
«El Señor Dios formó al hombre con polvo de la tierra» (Gn 2,7), dice la Palabra. El signo de la ceniza que nos adentró el miércoles en este misterio marca nuestra frente con un mensaje: que somos barro en las manos del Señor. Y aunque nuestras manos son frágiles, limitadas y necesitadas, son amadas. Y como Abraham, también nosotros podemos decir: «Aunque soy polvo y ceniza, me atrevo a hablar a mi Señor» (Gn 18, 27). Porque la ceniza no nos humilla; al contrario, nos sitúa, nos centra en lo que verdaderamente somos, nos cose a la piel resucitada de la cual venimos.
Todos estamos necesitados de la gracia del Creador. Y, por eso, la conversión es siempre un acto de humildad que nos lleva a esa tierra baldía, a ese lugar despoblado de ruidos y colmado de aridez, donde emerge la Verdad. Y aunque broten miles de tentaciones, germina nuestra dependencia radical a ese Dios que nos habla y nos ama en lo escondido, en la oración sincera, en el silencio cuidado, en la escucha poblada de humanidad.
Mediante el ayuno, la oración y la limosna, nos adentramos en el desierto para reencontrar el sentido del vivir, del amar, del creer. Porque el signo concreto del amor al hermano pasa por hacer nuestro su dolor, y ese gesto es la expresión más visible de una conversión verdadera. Esta Cuaresma es una oportunidad para escuchar, de nuevo, la voz de Dios que te llama por tu nombre. Déjale entrar para que, cuando llegues a la Pascua, puedas dejarte mirar por Él y escuchar cómo te dice mientras te mira: «Gracias por haberte quedado conmigo».


