Fecha: 22 de febrero de 2026

Vivimos atrapados en un ritmo que no hemos escogido. Nos levantamos acelerados, trabajamos acelerados, opinamos acelerados… e, incluso, amamos acelerados. La era de las pantallas nos ha prometido conexión y libertad, pero con demasiada frecuencia nos subyuga: muy estimulados, dispersos, adictos a un flujo constante de impactos que nos roban el presente y nos desdibujan el alma.

Los jóvenes —y no sólo ellos— cargan cada día el peso invisible de estas «rentas sociales»: la obligación de estar ahí, de responder, de mostrarse, de no perderse nada. Y esa presión, sutil pero constante, genera profundas ansiedades, sensación de vacío y un ruido interior que impide escuchar la propia vida. Un ruido que no viene sólo de fuera: le hemos dejado entrar hasta lo más íntimo.

Pero hay buena noticia, y es urgente recordarla: la libertad es recuperable. Y se recupera —humildemente, paso a paso— cuando osamos desacelerar.

Pruébalo. Reduce tiempo de pantalla. Deja tu móvil en otra habitación cuando comas. Detente cinco minutos al día para respirar. Descubrirás, como un regalo inesperado, que el silencio no da miedo: es casa. Es espacio habitable, lleno de una presencia que no exige, no juzga y no compara. El silencio es lugar de Dios.

La Palabra de Dios cada Cuaresma nos enseña que el Salvador se manifiesta en los paisajes cotidianos cuando decidimos oír «el susurro de una suave brisa». Y sólo aquel que desacelera puede oír la brisa en su interior. Sólo quien se libera de un estímulo exagerado puede escuchar la verdad que Dios dice de cada uno: «Eres amado. Eres esperado. No necesitas demostrar nada».

Éste es el itinerario que propongo durante la Cuaresma:

  1. Desaceleremos el cuerpo, para que el alma pueda respirar. Sí, tenemos, somos alma.
  2. Desintoxiquemos los sentidos, para que el corazón pueda escuchar.
  3. Habitemos el silencio, para que Dios pueda hablar. Hagamos oración diaria.
  4. Dejémonos conducir por la Palabra, que no oprime, sino que libera.

No tengamos miedo a este silencio pleno. Nos repara. Nos equilibra. Y nos devuelve la mejor versión de nosotros mismos: la que Dios ya conoce.

Buena y Santa Cuaresma.