Fecha: 5 de abril de 2026

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! Anunciemos con gozo que Cristo vive. Anunciemos que
Cristo resucitado ilumina todos los rincones de nuestra existencia. Él es la estrella que resplandece en nuestras noches más oscuras. Su luz es tan potente que las tinieblas no podrán apagarla jamás (cf. Jn 1,5).

En el texto del Evangelio que hoy hemos proclamado, el evangelista Juan nos explica que María Magdalena, antes de salir el sol, fue al lugar donde habían sepultado a Jesús. Cuando ella vio el sepulcro vacío, fue corriendo a decírselo a los apóstoles Pedro y Juan. Ellos, sin pensarlo dos veces se dirigieron al sepulcro y, al verlo vacío, intuyeron, aún sin comprenderlo del todo, que algo maravilloso había sucedido: Dios había resucitado a Jesús de entre los muertos.

El evangelista Juan nos cuenta que María Magdalena se dirigió a los dos apóstoles con estas palabras: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20,2). Ciertamente, Jesús ya no estaba en el sepulcro. Ya nos dice Lucas que no hallaremos entre los muertos al que vive para siempre (cf. Lc 24,5). Salgamos a buscarlo con fe. ¿Dónde encontraremos alguna «pista» de Jesús resucitado?

Podemos encontrar a Jesús resucitado en nuestras comunidades. Dice el Señor que donde están dos o tres reunidos en su nombre, allí está Él (cf. Mt 18,20). Pidamos a Dios que nos ayude a ser comunidades de «resucitados» que salgan al encuentro de Cristo, aun en medio de las dificultades. Recordemos el testimonio de María Magdalena y los discípulos. Ellos salieron en busca de Cristo con entusiasmo y con la esperanza de encontrarlo.

También encontraremos a Jesús resucitado en la Eucaristía. Nos dice el evangelista Juan que María Magdalena fue a buscar a Cristo el domingo por la mañana. Los cristianos, cuando celebramos la Eucaristía dominical, también vamos a ver a Cristo y a compartir la vida con Él. El domingo es el día del Señor, un día luminoso en el que entramos en comunión con su vida, muerte y resurrección. Los discípulos de Emaús lo reconocieron al partir el pan (cf. Lc 24,35).

Hallaremos la presencia de Cristo resucitado en los pequeños gestos de ternura y solidaridad. Cada vez que aliviamos el sufrimiento de alguien, cada vez que acompañamos a un hermano que está solo, la luz de Cristo resucitado brilla con intensidad. Llevemos a los demás la buena noticia de que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte.

Queridos hermanos y hermanas, la resurrección de Cristo es como un nuevo amanecer, un amanecer maravilloso y único, en el que Cristo todo lo renueva y lo llena de luz. Haznos, Señor, mensajeros que contagien la alegría de la Pascua.