Fecha: 1 de marzo de 2026
Estimados amigos y amigas:
Ayer, en Lleida, las diócesis con sede en Cataluña vivimos un encuentro interdiocesano marcado por la gratitud, la esperanza y el discernimiento. No fue solo un encuentro; fue un gesto eclesial, un signo, un eco vivo del Congreso de Laicos de 2020 y del camino sinodal que la Iglesia universal recorre como quien aprende, paso a paso, a escuchar de nuevo la voz del Espíritu.
Cada detalle vivido como Pueblo de Dios no puede quedar encerrado en la memoria de un día, porque la Iglesia no se comprende desde los acontecimientos, sino desde los procesos. Y el Sínodo es una forma de habitar el tiempo, de recorrer las huellas que un día caminamos para darle otro tono, otro sentido, otro cariz. Por eso, estamos llamados a hacer de cada día un sínodo, de cada jornada una pregunta abierta al Espíritu, de cada decisión un acto de discernimiento que nos acerque más al corazón de Cristo.
Discernir es dejarnos mirar por Dios, es abrir las ventanas del alma para permitir que su Palabra atraviese nuestras certezas, purifique nuestros deseos y nos devuelva a lo esencial. Como nos recuerda el Evangelio: «El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena» (Jn 16,13). Sin discernimiento, la Iglesia se vuelve ruido; mientras que si transita la vereda de la escucha, se convierte en un verdadero hogar.
Caminar juntos y en comunión es una verdad teológica. Porque no podemos olvidar que los cristianos somos un solo cuerpo antes que una mera organización. Somos un cuerpo vivo donde cada miembro es necesario y donde nadie es imprescindible. Y en ese cuerpo, el laicado no conforma una periferia sin identidad. El laico es el corazón que late en lo cotidiano, la sangre que fluye por las venas de la Iglesia, la vida que alcanza los extremos donde, a veces, nadie más llega, la presencia de Cristo en esos horizontes difíciles donde la Iglesia se juega por entero su credibilidad.
Allí donde se ama, se trabaja, se sufre, se decide y se espera, allí está la Iglesia. En la casa, en la escuela, en el hospital, en la fábrica, en el mundo de la cultura, de la economía, de la política y de lo social. Allí donde la fe no se proclama con palabras, sino que se encarna en gestos, opciones y fidelidades silenciosas. Y cuando los carismas son reconocidos y acogidos, la Iglesia respira, acoge, se ensancha; pero cuando se silencian, la Iglesia empobrece lentamente. Pidamos la gracia de seguir haciendo de cada día un sínodo vivo, para que podamos decir con verdad que una Iglesia que discierne unida es una Iglesia que se deja herir por la realidad y sanar por el Evangelio.


