Fecha: 15 de febrero de 2026
El matrimonio es mucho más que la suma de personas bajo un mismo techo: es institución y ecosistema donde aprendemos a sentirnos amados y a amar, a gestionar conflictos y a buscar el bien común. El matrimonio es el «ámbito-hogar» donde madura, con paciencia y humor, el carácter de cada cual. Allí se pueden transmitir valores —la fe, la responsabilidad, la gratuidad, la justicia, el cuidado de los más frágiles— no como teorías, sino como gestos y hábitos cotidianos. Y es también taller de realización integral: donde pueden germinar vocaciones, se despliegan talentos y se aprende que la libertad florece cuando se pone al servicio del otro. La tradición social de la Iglesia lo ha recordado a menudo.
Ahora bien, ¿qué amenazas debilitan hoy al matrimonio? La precariedad laboral y unos horarios deshumanizados que rompen el tiempo compartido; la soledad digital que hiperconecta pantallas y desconecta corazones; la cultura del descarte; la presión económica de una vivienda inalcanzable; y el descenso de la natalidad por miedo, falta de apoyos y de reconocimiento de la cultura de la vida. Todo ello erosiona el «nosotros» que sostiene la sociedad.
¿Cómo respondemos? Custodiando el vínculo: cuidemos el diálogo, pidamos perdón o digamos gracias o por favor a menudo (es la vitamina C de la convivencia). Establezcamos rituales de matrimonio que sean «sacramentos de la cotidianidad». Acompañando: parroquias que ofrezcan itinerarios pre-matrimoniales y post-matrimoniales, grupos de padres y madres, espacios intergeneracionales. Reconciliando tiempo y trabajo: promover la corresponsabilidad doméstica y la conciliación real, porque el amor necesita horas compartidas. Apoyo a la natalidad: políticas e iniciativas comunitarias que faciliten la llegada y cuidado de los hijos (permisos realmente sostenibles, redes de ayuda, guarderías asequibles). Acceso a la vivienda: impulsar fórmulas solidarias y cooperativas, alquileres justos y vía preferente para familias jóvenes.
Cuando el matrimonio es amado y sostenido, toda la sociedad lo nota: crece la confianza, baja la conflictividad, se fortalece el tejido cívico. En esta Semana del Matrimonio pidamos la gracia de repensar aquello que dificulta nuestras relaciones y entretejamos comunidades que hagan posible la belleza de un «para siempre» que eduque, sostenga e ilumine.


