Fecha: 12 de abril de 2026

La música no nos deja indiferentes. Se trata de un lenguaje que contiene y comunica una gran fuerza. Decimos, un poco poéticamente, que gracias a la música tocamos el cielo. Decimos, más llanamente, que «El que canta, sus penas espanta» —yo me lo creo—. De hecho, todos tenemos unas melodías que nos han acompañado mucho en momentos concretos de nuestra historia. Hay quien escucha música para huir del silencio, otros para leer y otros para conducir. Sea como sea, todos tenemos una música preferida. La música nos ayuda a saborear la vida. Os lo aseguro. Pero la breve reflexión que hoy quisiera ofrecer gira en torno al hecho de espantar las penas.

La Pascua aparece, pues, como la melodía que hace huir los miedos de nuestra vida. Dios es el gran compositor. La partitura es muy accesible, porque se trata de la misma Sagrada Escritura. El solista es su propio Hijo, Jesucristo. Él eleva la composición a la belleza más sublime que nadie podrá jamás igualar, con una nota sencilla, agradabilísima y única. Esta nota —el perdón— se reconoce, ni más ni menos, que por la acción de amar. Quien ama actualiza la voluntad del compositor. Y cuando amamos de manera conjunta, hacemos que el Amor se amplifique y resuene polifónicamente —a través de diversas personas y en diversos lugares—, y armónicamente —con cualidades y timbres diversos—. El don del Amor es real cuando permitimos que el Espíritu Santo haga de la diversidad una verdadera expresión de la comunión.

La acción de conjugar el verbo «amar» es, pues, la que hace huir los males de nuestra historia. El Amor vence al mal. La Pascua manifiesta el triunfo del Amor. Y Dios nos ha escogido para ser de aquellos que viven cantando, es decir, amando. Cuando quienes tenemos a nuestro lado dejan de ser un objeto y pasan a ser una persona —creedme—, estamos haciendo sonar la más bella melodía del mundo, la obra de Dios.

Los males, pues, no desaparecen por ningún tipo de acción violenta, sino que se transforman por la fuerza del Amor. A nosotros, misioneros y misioneras del siglo XXI, nos corresponde querer aprender a conjugar el verbo «amar». No debemos desesperarnos por nuestras propias imperfecciones. Al contrario, es a través de ellas que Dios encuentra la grieta adecuada para manifestarse vivo y cercano en cada uno de nosotros. Dios nos sostiene gracias a su paciencia y a la generosidad de su misericordia. Lo sabemos bien: Dios no hace otra cosa que amar, porque Dios es Amor.

Estimados, ahora es de nuevo el día en que ha obrado el Señor; alegrémonos. Cantemos un cántico nuevo. Dios ha vencido la muerte. Dios ha dado un golpe de timón, y todas aquellas melodías ansiosas, quejumbrosas y calamitosas han quedado atrás. No miréis atrás. La partitura que tenemos en nuestras manos nos guiará y nos ofrecerá nuevas posibilidades para que nuestra misión sea una verdadera expresión de Amor. La misión es siempre difícil, pero siempre estimulante. Seamos de los que, escuchando a los más frágiles de nuestra sociedad, nos demos cuenta de que solo la fuerza del Amor puede transformar nuestra realidad. La saturación de vanas propuestas humanas nos debe llevar a la confirmación definitiva del único camino posible, el del Amor.

Cantando, pues, unos al lado de los otros, seremos de los que encontraremos consensos razonables y proféticos, que nos confirmarán la certeza que hoy desprende el dicho que nos anima a ser misioneros hoy: «El que canta, sus penas espanta».