Fecha: 1 de marzo de 2026
A todos nos ha pasado que, en algún momento, la cabeza nos ha hervido con tanta intensidad que no hemos sido capaces de ver nada con claridad. Hace falta paciencia —y de la buena— para serenarnos: santa paciencia. Una de las preguntas que más a menudo nos hacemos es: «¿Estoy haciendo lo que Dios quiere que haga?», «¿Estoy actuando tal como lo haría Jesús?», «¿Cuál es, verdaderamente, mi misión?». Estas preguntas son inevitables y normales, ambas cosas. Necesitamos hacer consideraciones repetidas sobre cada una de ellas. Curiosamente, el verbo considerar nos traslada a una acción compartida antigua y maravillosa: la de ver los astros siderales de manera conjunta. ¿Quién no ha estado alguna vez observando los cielos estrellados de una noche de verano? A veces solos, tal vez, pero otras en compañía. Cuando esto se daba de manera compartida, estábamos literalmente considerando, es decir, observando las estrellas en medio de la oscuridad. Observarlas para situarnos. Qué acción más sencilla y, a la vez, más sublime. Ver las estrellas. Normalmente —y esto es una apreciación personal— lo hemos hecho con cierto silencio, como si el gato, o quien fuera, nos hubiera comido la lengua. De este silencio nace hoy el deseo de esbozar dos pinceladas sobre el valor del silencio.
Todo agente de pastoral, como toda la Iglesia, debe discernir. Este aspecto forma parte de la sana espiritualidad que el sínodo nos reclama. Discernir es aprender a escoger la voluntad de Jesús. Y, para llevar a cabo esta empresa, necesitamos el silencio. Este elemento, no lo dudemos, forma parte de nuestra vida y, por tanto, de nuestro camino cuaresmal.
Tristemente, por muchas y diversas razones, algunos nos quieren mudos y en la jaula. No quiero polemizar —por favor, entendámonos—. Todos estamos cansados de las polarizaciones, las rupturas y las imprecisiones. Sabemos, convencidos, que hay muchas más cosas que nos unen que las que nos separan. No queremos permanecer mudos, como tampoco favorecer la charlatanería como vehículo de convivencia social. Lo hemos dicho siempre: somos partidarios del diálogo.
En todo proceso de discernimiento personal y eclesial, el discernimiento es fundamental. —¿Buscamos a las personas sabias, aquellas que saben acoger, escuchar y no perder el sentido de la realidad?—
Volvamos a ello: la misión necesita el silencio, aquel que nos ayuda a no precipitarnos. Este es el elemento que queremos encontrar hoy en nuestra vida cotidiana y en esta primera Cuaresma que compartimos. Un respiro para poder decir una palabra acertada y salir de las jaulas que nos esclavizan. Ciertamente, no siempre seremos rápidos para responder a grandes interrogantes personales y colectivos. Pues digámoslo sin hipocresías: «No sabemos más». Preferimos la prudencia a la precipitación.
La lentitud puede adormecer y hacer perder intensidad, pero parece que nos da cierto margen de maniobra; las prisas, demasiado frecuentes en nuestro momento actual, contienen consecuencias diversas difíciles de digerir al instante.
Nuestro testimonio no puede imponerse por la fuerza, sino por la dulce persistencia del Amor. Amar en silencio es posible. Amar nos libera, nos conduce al fomento de un buen diálogo, nos permite considerar las cuestiones que nos plantea la vida y escoger la voluntad de Jesús. Debemos ser los primeros, hoy y siempre, en dar testimonio del deseo de vivir en plenitud. Por tanto, valoremos el silencio como un recurso poderoso ante el mundo, y antesala del diálogo y de la libertad enjaulada por los barrotes de la violencia, el miedo, la falsedad, el odio y el rencor.


